Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Artículos "on line"

Recordando a nuestro amigo Jaime Barylko

Dr. en Filosofía, pedagogo, decano de Humanidades de la universidad Maimónides, escritor prolífico, nos honró como consultor de Perspectivas Sistémicas durante largos años. Disfruté (y aprendí siempre) de muchas de sus charlas y conferencias y tuve el gusto de participar en mesas redondas y paneles junto al querido Jaime. Disfruté de entrevistas y charlas informales con él y como lector y a veces editor, de sus escritos lúcidos y apasionados. Compartimos ideas y sentimientos. Estuvimos juntos colaborando en la Secretaría de Prevención y Asistencia de las Adicciones de la provincia de Buenos Aires.
Supimos que falleció en el verano del corriente año. Sentimos mucho despedirnos físicamente de él. Lo honramos como hicimos en vida y lo recordamos alentando, educando, estimulando, escribiendo hasta sus últimos momentos. Estará siempre presente con y en nosotros, como el buen padre de "Relatos para Padres e Hijos" y de tantos otros hijos literarios, hijos sanguíneos e hijos e hijas de la vida. Saludamos a sus familiares con los cuales compartimos la pena. Tendremos presente tu temple y tu entusiasmo contagioso Jaime.

Con todo el cariño y respeto,

Claudio Des Champs y todo Perspectivas Sistémicas


La complejidad del yo mismo

Jaime Barylko (*)

El tan mentado "Yo mismo", es el gran legado del romanticismo y principalmente, de Federico Nietzsche. Pero al releer las páginas del filósofo se ve cuán lejos está el permisivo concepto actual de ser uno mismo de la idea original. Es que en el reverso del yo supremo se encuentran la responsabilidad, la exigencia moral y también la suprema soledad.

 

El tan famoso "yo mismo" - como si existiera - es la gran herencia que nos dejado el romanticismo. O su fatal consecuencia. Federico Nietzsche fue, a la vez, fuente mayor y epígono de la idea. Por eso hoy su obra está de moda: es tiempo de "yo mismo".

Sólo que , si bien solemos pronunciar estas palabras, no sabemos a qué se refieren. Y en busca de referencias, apelamos al mismo filósofo (o a Heidegger, el oscuro) para que nos permita ocultarnos detrás de sus bosques. Ahora bien, de leerlo, comprobaríamos cuán lejos está de este vacío actual de valores, de este clima de "hacer lo que a uno se le canta" como si ésa fuera la única manera de que la identidad alcanzara su plenitud. Propongo, entonces, que leamos a Nietzsche, el gran malentendido.


Jaime Barylko y Claudio Des Champs

Es en sus últimas expresiones que Federico Nietzsche nos enfrenta a esta idea del autoendiosamiento, que manifiesta la suprema soledad del Yo, de ese Creador que cada uno es y que desplaza a Dios de su sitial. El pensador nihilista anuncia entonces que los filósofos del futuro no serán dogmáticos ya que - entiende - les será repugnante la idea de que su verdad deba seguir siendo tal para cualquiera. Pero no es la benevolencia hacia el prójimo la que aquí lucha contra el dogma o, mejor aún, contra quien quiere imponer su opinión sobre la de los demás: muy por el contrario, es la actitud nada altruista de pensar de que si es mi verdad, yo la he encontrado y por lo tanto, no sirve a nadie más que a mí. Ni siquiera tiene sentido que trate de imponerla. Es el Yo supremo pero, al mismo tiempo, en completa soledad; glorioso y por esa misma razón, totalmente reducido a sí mismo. Uno mismo y nadie más.

Nietzsche repudia, en consecuencia, el bien común. Y aún más: considera que la expresión es, en sí, contradictoria ya que lo que puede ser común tiene siempre poco valor. De modo que, si es común no es bien. Y si es bien no es común: es solamente bueno para mí. Si también lo es para ti - sugiere Nietzsche - uno de los dos anda equivocado. O uno piensa y el otro lo imita simple, automáticamente.

Federico Nietzsche fue disgregador de todo sistema. Pensemos, por ejemplo, en la moral. En "Más allá del bien y del mal" la definió como una cárcel para inválidos, para esclavos. La moral, dijo, pertenece a las masas. El , siendo ateo, coincide en este punto con el religioso Kierkegaard, que había sostenido que, para amar a Dios era necesario abandonar la moral de las masas. Ambos, el enamorado de Dios y el nihilista, están de acuerdo en que la afirmación del individuo es la negación de la moral, de aquello que es de todos y por lo tanto, de nadie.

Es el resentimiento lo que para Nietzsche explica el nacimiento de la moral. Pero, ¿quiénes son los resentidos? Los pobres de espíritu, los que carecen de casa o de vestido: los pobres, en una palabra. En su revolución, ellos inventan la moral para que todos sean de alguna manera pobres, de alguna manera iguales. El mandamiento de amar al prójimo, presente en todas las religiones, se fundamenta en ese resentimiento. Como si dijera: "ya que usted no me ama por naturaleza, ámeme por orden de Dios".

La moral es, entonces, la defensa del ego frente al otro, al "alter". Pero ¿quién ha de defenderse? El indefenso, el desesperado, el que vive en el miedo perpetuo. Es decir, la amplia mayoría ( la moral es terriblemente democrática).

¿Quienes son los que pretenden huir de las redes de la moral? Aquellos hombres que se creen superiores: el mismo Nietzsche, Kierkegaard, Raskolnikov, Hitler, Nerón y algunos contemporáneos que conocemos y que aparecen en los diarios. Pero el filósofo no se burla de la moral del pueblo sino que exige un programa de vida que disuelva las masas y produzca individuos superiores. (Destacado) Cabría preguntarse quién es el individuo superior. "Quien más se exige así mismo", responde Nietzsche, "Aquel que piensa todos los días. El que se libera de las rutinas. El que muere y renace a cada instante. El ser heroico a causa de su superioridad, no sobre los demás, sino superior a sí mismo". En este punto, él y Kierkegaard se diferencian de Raskolnikov, el asesino: su liberación de la moral popular les sirve para imponerse una superior, más exigente aún.

Hoy descubrimos que esa exaltación del yo, del individuo, ha servido para cortar los lazos, la comunicación posible entre él y los demás. Nietzsche confiaba en que si todos pensáramos cada cual por cuenta propia, cada uno, a través de su propio bien llegaría a comunicarse con los demás. Pero fue optimista en exceso.

Nos quedó, en cambio, un individualismo egoísta. Estamos solos, sin conexión con los demás y carecemos de valores en común, es decir, de lazos comunicativos. Será necesario establecer lo común, un espacio de retracción del "uno mismo" en favor de un proyecto compartido: la vida. (destacado). Lo común no está en mi. Lo que hay en mi de mío es lo no común. Es la gloria de la personalidad pero también la apoteosis de mi soledad. Existo, por lo tanto… Por lo tanto, existo.

Esto significa que debo repensar mi existencia día a día. Lo que no es permisividad, como se ha traducido pésimamente. Es exigencia, la mayor de todas. Así, en efecto, habló Zaratustra por boca de Nietzsche:

"¿Te llamas libre? Dime qué idea te domina y no que has escapado de un yugo…¿Libre de qué? Esto no le interesa a Zaratustra. Tu mirada, empero, es la que me debe manifestar claramente: ¿ser libre para qué?

¿Puedes otorgarte a ti mismo tu Mal y tu Bien y suspender sobre ti tu voluntad como una ley? ¿Puedes ser juez de t mismo y el vengador de tu ley?

Es terrible estar solo con el juez y el vengador de la propia ley. Eso es arrojar una estrella a los espacios yermos, en el gélido aliento de la soledad".

Entre nosotros, después de leer este breve párrafo, reflejo de una moral mucho más rigurosa que la de Tomás de Aquino o la de Maimónides o la de Agustín de Hipona o la de Averroes, ¿a usted aún le quedan ganas de emprender ese terrible camino de ser usted mismo?

(*) El Dr. Barylko, filósofo y pedagogo, decano de la facultad de Humanidades de la universidad Maimónides, fue autor de numerosos libros, entre ellos "Para Quererte Mejor", ese difícil arte de amar y ser feliz (Editorial Emecé). Este texto fue publicado en un nº especial de Perspectivas Sistémicas, "Complejidad y Drogadependencia", dedicado a Edgar Morin y al tema de la comunicación, la drogadependencia, las redes y los cambios de paradigma (Nº Especial II, Año 1998)

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