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Viaje a la oscuridad del corazón

Por Sergio Sinay

"Las profundidades del corazón humano, allí donde se fundamentan sus acciones, son inescrutables para el hombre", escribía Emmanuel Kant hacia 1793, tras preguntarse por los orígenes y las razones del mal.

Si prestamos atención, observaremos con frecuencia actitudes que nos llevarán a coincidir con el gran filósofo idealista alemán. Dos de ellas, con escasa difusión en la prensa internacional, impresionan, conmueven y demuestran la asombrosa dimensión de aquella profundidad.

En agosto de este año, Adriann Vlok, que fue ministro de Policía de Sudáfrica durante el régimen del apartheid , inició una cruzada personal que él llama "de contrición". Vlok fue dueño y señor de vidas, creó y comandó escuadrones de la muerte, ordenó el asesinato de decenas de opositores, de dirigentes y de militantes antirracistas, mandó a encarcelar a miles de personas sin cargo y sin juicio. Los hombres bajo su mando pusieron bombas, secuestraron y torturaron.

A mediados de los años 90, Vlok compareció ante la Comisión de Verdad y Reconciliación y aceptó todos esos hechos. Pero, afirma, su conciencia le pedía más. Y se impuso una penitencia que consiste en buscar a la mayor cantidad posible de sus víctimas, o de sus familiares, y convertir su compunción en actos. Así, se hincó y lavó los pies de las madres de diez muchachos negros que su policía había secuestrado, torturado y matado en 1986. Lavó también los pies del reverendo Frank Chikane, hombre de confianza del presidente Thabo Mbeki, a quien había hecho atormentar en los años ochenta y a quien había intentado asesinar sin éxito. Hoy Vlok tiene a Chikane como confesor, acude a la iglesia de éste y, desde el púlpito, pidió perdón a los feligreses "por lo mucho que los he hecho sufrir".

El reverendo asegura que lo que ha ocurrido es un milagro. Vlok sigue lavando pies, nadie lo ha rechazado y las madres que lo reciben dicen que perciben en él un "sincero arrepentimiento". El, a su vez, señala que ve amor en los ojos de esa gente.

Mientras Adriann Vlok continúa con su cruzada, Jo Berry y Pat Magee están empeñados en otra. Jo es hija de sir Anthony Berry, miembro del Parlamento británico que, en 1984, fue asesinado, junto con otras cuatro personas, en el Gran Hotel Brighton, durante un congreso del Partido Conservador. Una célula del Ejército Republicano Irlandés (IRA) colocó una bomba en el hotel. Esa célula estaba al mando de Pat Magee. "Tras la tragedia -cuenta Berry, que entonces tenía 27 años-, yo podía haber optado por el camino de la venganza". Pero, ferviente lectora de Gandhi, prefirió viajar a Irlanda y empezar a escuchar historias de personas comunes para entender cómo se gesta el odio que lleva a actos terroristas como el que mató a su padre. No sólo escuchó. Para su sorpresa también fue escuchada. Pudo contar su propia historia, su propio dolor. Pocos años después fundó la organización Construyendo Puentes de Paz, que busca ofrecer alternativas de entendimiento en las zonas del mundo donde hay conflictos. Además, Jo se propuso una misión personal. Tener un encuentro con Pat Magee. Lo logró hace seis años. Una cita de tres horas, en Irlanda, a la que ambos llegaron, según confiesan hoy, con un pésimo estado de ánimo.

Nada ocurrió durante la primera hora y media, hasta que Magee dijo: "Nunca estuve en una situación como ésta, ante alguien como tú. No sé qué hacer ni qué decir, pero estoy dispuesto a oír tu dolor y tu indignación". Cuentan que entonces ambos se sintieron "humanos y vulnerables. Dos seres que compartíamos nuestras experiencias e iniciábamos un viaje".

Hoy Berry y Magee acuden a cuanto lugar resulte fértil para comprender y transmitir esa experiencia. El dice: "Cuando estás cara a cara con alguien a quien has dañado, te das cuenta de que, con ese daño, has perdido parte de tu propia dignidad y humanidad". Ella dice: "Llegué a darme cuenta de que, si hubiera tenido la misma piel y la misma vida que el otro, acaso hubiera hecho lo mismo. Es esencial conocer al otro, conocer su posición, respetar su integridad". De esto hablaron, el primer fin de semana de este mes, en San Sebastián, España, en las Jornadas de No Violencia Activa. Allí, Magee dijo: "Nunca le diré a Jo que me perdone, porque sé que no puedo deshacer el daño hecho". Y sigue adelante con su propia penitencia redentora.

De veras es inescrutable la profundidad del corazón humano. Capaz de parir el mal radical (como lo llamó Kant) y el bien redentor. Allí donde germina una elección que daña, mata y destruye, allí mismo puede originarse un acto de reconocimiento y de reparación. Que ocurra alguna de estas cosas, o ambas, depende de nuestra voluntad y es nuestra responsabilidad.

El propio Kant, al señalar lo inescrutable del corazón, decía que aun cuando no lleguemos a saber por qué una persona actúa mal o bien, sí podemos afirmar que ella es responsable de esas acciones y que las elige del mismo modo en que puede no elegirlas. Si así no fuera, cada uno de nuestros pasos estaría predeterminado, no seríamos libres y perderíamos la esencia de lo humano. Nuestra libertad, condición de humanidad, nos hace, en fin, moralmente imputables y responsables.

Eso les cabe, precisamente, a Vlok, Berry y Magee. Así actuaron en cada paso de sus tránsitos por situaciones tan opuestas. En el mundo en el que vivimos asistimos con harta frecuencia a las acciones que dañan y destruyen, son noticia constante y entre ellas se pierden los ecos de los Vlok, los Berry, los Magee. Sin embargo, aun con las imágenes de ciudades arrasadas, de niños mutilados, de hambrunas perfectamente evitables, de atentados devastadores y de un medio ambiente continuamente depredado lastimando nuestros ojos, quizá no haya que desesperar. Quizá haya todavía muchos Vlok, muchos Magee prestos a manifestarse. Acaso, anónimos, ya lo hacen. Porque, en fin, el corazón humano es inescrutable.

 

El autor es escritor y periodista.
Sus últimos libros son Elogio de la Responsabilidad y
La Masculinidad Tóxica
Email.
sergio@sergiosinay.com
Web:
www.sergiosinay.com

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