Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Artículos "on line"

Los hombres que no crecen (*)

Por Sergio Sinay (**)

Cuando llega la hora de vender, la publicidad puede denunciar, sin proponérselo, a su pesar y aun así de manera incontrastable, ciertas zonas oscuras de nuestro inconsciente colectivo.

Un mes antes del Día de la Madre, una empresa de telefonía celular lanzó una campaña de anuncios televisivos en los que se ve a una mujer vistiéndose, maquillándose, preparándose para una salida que no puede ser con otro que con un hombre. Las imágenes son claras, para que no nos queden dudas. Luego la vemos salir apresurada y deseable en busca de él (antes nos han mostrado sus piernas enfundadas en medias de seda, sus labios rojos y carnosos, sus ojos húmedos). Y finalmente sabremos de quién se trata. Es su pequeño hijo, a quien recoge en la escuela y con quien luego va a tomar un café, al parque de diversiones (donde quien paga es él) y a otros lugares a los que irían muchas parejas, antes de terminar ambos a solas, en un lugar apartado, acostados sobre el capó del auto, mirándose arrobados bajo la luna y las estrellas. El 15 de octubre es el Día de la Novia, dice un texto sobreimpreso en esta imagen.

En una primera versión decía: "El 15 de octubre es el día del Primer Amor" (ése que, en otras épocas, dedicábamos a la maestra y que para algunos publicitarios de hoy debe resultar demasiado inocente o poco perverso).

Es notable, en esta breve pieza, la ausencia total del padre y, digámoslo, de una auténtica figura masculina. No sabemos si ese niño tiene un padre, si ella es una madre soltera, si el hombre, en caso de existir, tiene algún vínculo con su hijo. No está, no existe. Para ella, la mamá, no hay otro varón que no sea su hijo (alguien todavía muy lejano de la hombría madura, por mucho que la imite de un modo patético, que el aviso supone tierno). Para el niño no hay otra mujer que no sea su madre y, frente a ella, lejos de una esencia infantil, despliega una forzada, improbable adultez.

El problema sobreviene cuando los hombres, en nuestra cultura, ausente la referencia paterna, hacen de la madre la única fuente de formación emocional y acaban por ser lo que Carl Jung llamaba un puer .

El puer es un niño eterno, un varón, valga la redundancia, pueril, que se niega a crecer, que teme serlo y comprometerse, que se siente frágil y vive a la espera de la mujer perfecta, es decir, la reencarnación de la madre. Ese puer es, para seguir con Jung, la sombra que se esconde tras la mayoría de los hombres adultos de nuestra cultura, tras la máscara del varón ejecutivo, seguro, fuerte, asertivo, autoritario, que desfila por las pasarelas de la política, de los negocios, del deporte, del mundo público en general. Es la parte de sí que está oculta en lo más profundo de su conciencia, la que se niega a aparecer.

Ese modelo de varón es siempre hijo. Es hijo de su esposa, es hijo de su novia, es hijo de su amante y, por fin, acaba por ser hijo de su hija.

Mientras tanto, crece con "hambre de padre", el síndrome de quienes han padecido la ausencia emocional de un padre que sea transmisor de valores, de patrones masculinos nutricios espiritual y emocionalmente, que sea guía, referente, sustento afectivo. Como hijo eterno, el varón puer se permite "travesuras" y espera que, como una madre paciente, su esposa, su novia o la mujer adulta que acompaña su vida adulta las comprenda y las disculpe. Luego acaso escriba tangos rememorando melancólicamente a "la vieja". O le recrimine a su esposa el no ser como su madre (la de él).

Como hijo eterno, es incapaz de desenvolverse solo en el área doméstica. Poderoso en el mundo externo y público, puede morir de inanición cuando tiene que atenderse a sí mismo en el plano cotidiano. Necesita una mujer que lo alimente, que llame al médico por él, que se haga cargo de la crianza de los hijos de ambos, que administre la vida social y emocional de la pareja y la familia.

El aviso de marras nos muestra claramente a partir de qué consignas ("no hay nada como una madre", "madre hay una sola", "la madre es el primer amor", etc.) una sociedad forja un tipo de personalidad y de vínculo.

Por otra parte, la mujer del anuncio es la misma que posiblemente luego terminará resentida por no haber tenido a su lado un marido real, un par, un compañero adulto para que, diferentes e integrados, ambos pudieran alcanzar la complementación de lo femenino y lo masculino en una relación trascendente.

Es curioso que ninguna organización preocupada por la cuestión femenina, que ningún organismo educativo, que ninguna de las comisiones supuestamente "autorreguladoras" de la publicidad, hayan encontrado nada objetable en este anuncio. Acaso porque estas creencias están tan enraizadas en nuestra cultura como para que las imágenes del aviso sólo puedan verse como "tiernas" o "poéticas", cuando en realidad son inquietantes y peligrosas. No tanto por lo que muestran como por lo que dicen acerca de nuestro imaginario colectivo y acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, aquí y ahora.

(*) Publicado en el Diario La Nación (Argentina), el Miércoles 11 de octubre de 2006.

(**) Sergio Sinay es escritor , periodista, especialista en vínculos humanos.  Su último libro es "Elogio de la Responsabilidad". E- maill :  sergio@sergiosinay.com - www.sergiosinay.com

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