Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Artículos "on line"

Pijama Party (*)
De la identidad individual y social

por Jorge Daniel Moreno (1)

El año pasado mi hija de nueve años comenzó a ser invitada a un tipo particular de fiestas llamadas "piyama party". Un grupo de amigas, generalmente compañeras de colegio, se reúnen en casa de una de ellas llevando una bolsa de dormir, dentífrico y piyama. Su madre y yo en principio aceptamos esta novedosa forma de divertirse, y luego de una discreta inversión en bolsa de dormir la dejamos en su primer "piyama party" un viernes por la noche y fuimos a buscarla en la mañana del sábado. Absolutamente agotada, mi hija durmió durante todo el sábado, luego se levantó para cenar y siguió durmiendo hasta el domingo.

Intrigado por las características de este nuevo tipo de divertimento social comencé a investigar. Un grupo de amigas decide reunirse para jugar, cenar juntas y luego quedarse a dormir en casa de aquella en la cual se realiza la reunión. Por lo común la madre de la niña dueña de casa, a veces ayudada por su marido, otras por hijos mayores o quizás alguna empleada doméstica o actual pareja si es divorciada, prepara la cena y participa en alguno que otro juego, hasta que despúes de la medianoche, ya extenuada, indica que es hora de dormir. Sugerencia que resistida por las niñas inicia un período negociación que dura (dependiendo de la autoridad de quien ordena y del apoyo que tenga o consiga, un mínimo de 90 minutos). Si a esto se suma el natural entusiamo de las niñas y el hecho de dormir en un mismo cuarto tenemos que alcanzan el sueño a la madrugada.

Estas reuniones se realizan en general los viernes, luego de un largo día de colegio (en el caso de mi hija de doble escolaridad), pero que ofrece la ventaja de transportar en un solo viaje a todos las chicas hasta la casa donde se organiza la fiesta. El viernes, además, no interfiere demasiado en la dinámica familiar de fin de semana de los anfitriones, que quedarán libres el sábado al mediodía.

Aceptamos estas fiestas con reservas hasta que en cierto momento se hicieron cada vez más frecuentes. Entonces me animé a preguntar: "¿por qué no las organizan los sábados?", y agregué tímidamente, "es que los viernes, después de todo un día de colegio, estás un poco cansada para quedarte jugando hasta tan tarde". Y apoyé el razonamiento con la evidencia: "cuando te voy a buscar estás exhausta". Pero mis preguntas y cuestionamientos terminaron enrollados en la bolsa de dormir que finalmente preparé para el piyama party de esa noche.

Así estaban las cosas, entre un piyama party y otro hasta que decidí chequear en el grupo de padres algún tipo de probable apoyo a cierta oposición. Los resultados fueron desastrosos, coseché adjetivos tales como "anacrónico", "suspicaz por trabajar de psiquiatra", y algún que otro rótulo de "padre castrador". Concluí que lo de "padre castrador" era una expresión arcaica propia de mi generación, y que quien me lo decía en verdad se lo estaba diciendo a su propio padre, pero por gentileza y ética guardé mis interpretaciones silvestres y traté de sonreír ante las nuevas y crecientes propuestas de piyamas party hasta que finalmente ocurrió el hecho que yo esperaba. En una de esas fiestas el juego fue quedarse despiertas hasta el amanecer, y quien se dormía era castigada con una dosis de crema dentífrica en la cara. "¿Y dónde estaba el padre, o la madre de tu amiga, la dueña de casa?" pregunté. "Durmiendo", contestó mi hija.

Esta anécdota sirvió para apoyar mi oposición. Y con toda la fuerza que se necesita para oponerse a algo que está validado socialmente busqué un argumento contundente y entonces sostuve que los piyama party eran insalubres.

(A veces uso este argumento porque fija un punto de apoyo indudable. Hay cosas que son sanas y otras que no, o, mejor dicho, hay cosas que enferman o pueden enfermar y cosas que no. La biología ofrece un interesante sostén para discutir ciertas prácticas sociales que se relativizan según la óptica de quienes las consideran. Véase por ejemplo de qué manera la publicidad de alcohol y tabaco dirigida a personas jóvenes delinea formas de alegría "saludable", en franca contradicción con los efectos desastrosos de estas sustancias sobre el organismo. Se puede aceptar o no que el conocimiento resulta de una construcción social, pero la validación que desde ese conocimiento se hace extensiva a ciertos efectos y prácticas surgidas de él creo merece, en más de un caso, discutirse. De lo contrario, según mi punto de vista, los versos de Discépolo (Enrique, compositor argentino, 1901- 1951) en el tango Cambalache serán proféticos: " da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de basto, caradura o polizón").

Como el lector habrá advertido, adjetivar un piyama party de insalubre es algo excesivo, pero la calificación debe entenderse en relación a nuestra solitaria desinteligencia con los otros padres. Siguiendo con la anécdota: supimos que en esa reunión las chicas habían estado solas la mayor parte del tiempo. Ante esta circunstancia decidimos que nuestra hija sólo concurriría a aquellas fiestas donde conociéramos bien a los padres de la organizadora, y estuviéramos seguros de acordar en ciertas pautas que entendemos son de cuidado y protección hacia ella. Por cierto que no demasiadas: que fuera discretamente controlada y que se durmieran no mucho más allá de la medianoche.

El nuevo sistema comenzó a funcionar y mi hija faltó a una fiesta. Todo pasó sin demasiadas consecuencias hasta que nos opusimos a otra, ¡la que organizaba su mejor amiga! Aquí no hubo argumentos valederos, sólo ofuscación y tensas cenas durante una semana. Hasta que me preguntó qué pasaría si la mayoría de los padres las dejaran jugar hasta la madrugada, en obvio desacuerdo conmigo. Respondí sin duda que no iría a las reuniones, y afirmé que la prohibición era un modo de cuidarla. Entonces dijo que mi cuidado era en verdad un castigo, porque ella sufría por no ir y padecía al otro día las preguntas y bromas y burlas de sus compañeras. Ahí quedó la breve charla, con su comentario arruinándome la cena.

A esta altura de nuestro diálogo el lector seguramente se habrá dado cuenta que estamos usando la anécdota del piyama party para abordar una problemática mucho más amplia, referida a la representación social de algunas conductas y comportamientos colectivos, y a sus relaciones con la identidad social y los mecanismos de masificación.

Sabemos que las representaciones sociales justifican, explican y dan cuenta de una realidad social, y que por su intermedio las dimensiones ideológicas de la vida en comunidad afectan la interpretación de los hechos (Doise, 1986). Sabemos además que regulan comportamientos y son elementos importantes en la construcción de la identidad social. Son teorías implícitas compartidas por los grupos, una forma de conocimiento, un saber de "sentido común" desde el cual se actúa, siendo el acto la concreción de la representación. Cuando un grupo elabora cognitivamente un objeto social para comunicarse y actuar sobre él mediante una representación, ésta defiende la identidad social de los sujetos (Páez, 1995).

Ahora bien, la identificación no ocurre en el vacío sino en una situación social determinada. Tomemos en este caso la familia y el grupo de pares y tratemos de definir un problema dentro de los conceptos antedichos. Los piyama party tenían diferentes representaciones según se observaban desde la familia o el grupo. Aquí es importante considerar que la pertenencia a un grupo implica una localización específica desde donde se determinan las relaciones con los otros participantes de la relación. No solamente hay guiones pautados de intercambio sino una manera común de entender los hechos. Una persona se define como miembro de una categoría y aprende normas estereotípicas de la misma, se las asigna y las actúa, y al hacerlo legitima no sólo a la categoría sino a sus comportamientos, y todo ello en consonancia con una identidad social (Rebolloso, 1996). Volviendo ahora a la familia nos preguntamos: ¿qué ocurre cuando la familia y el grupo de pares tienen diferentes consideraciones sobre los mismos hechos?

En los difusos territorios donde la identidad individual se escurre en la social, en la pluralidad de las configuraciones de la identidad (Lorenzi Cioldi y Doise, 1996), ¿es posible distinguir algunos límites?, ¿es posible criticar aspectos de la identidad social estando inmerso en un grupo que sostiene determinada representación social?, y mas aún, ¿cómo reacciona el grupo ante una conducta que discute aspectos comunes ? ¿Qué ocurre en un chico, o un adolescente, donde el medio le propone una y otra vez criterios de validación social sobre conductas no saludables? ¿Y qué ocurre cuando esa validación constituye una representación social que el grupo valora?

Cuando mi hija me dice que se burlarán de ella si no concurre a los piyama party evidencia un mecanismo de castigo grupal por no compartir las pautas comunes, si queda fuera de intercambios significativos quedará fuera del grupo (Pérez, 1995). Y cuando dice que nuestra prohibición es un castigo está valorando este hecho desde el grupo y en alguna medida está defendiendo un cariz de su identidad social.

Si aceptamos que el conocimiento se co construye en la relación con el objeto observado, y situándonos en la interacción social decimos que la relación se constituye en la coexistencia, donde nos redefinimos tanto como redefinimos la relación (Mendez, Caddou, Maturana, 1988) tenemos que los piyama party se valoran, y valoran a los partícipes, de distinta manera según nos situemos en el grupo de pares o en la familia. Podríamos extender estas apreciaciones a los grupos de adolescentes que entienden por diversión de sábado a la noche beber hasta alcoholizarse. Podríamos también mencionar muchas otros comportamientos insalubres, que se van tejiendo en el imaginario grupal hasta devenir en una representación que no sólo los significa de una manera positiva sino que también significa a quienes los actúan, pero preferimos quedarnos en el ingenuo ejemplo de los piyama party porque pensamos que es en sí lo suficientemente significativo.

Volviendo a nuestro planteo, las dos valoraciones de estas reuniones sostenían diferentes representaciones referidas a aspectos de la identidad social que a su vez se anudaban en contextos más amplios. Mi primer intento de confrontarlas con los otros padres había fracasado, nadie veía ningún tipo de problema en estas reuniones. Hasta que la última sembró algunas dudas. Y, para terminar con la anécdota, en virtud de esas dudas logramos acordar con algunos padres ciertas pautas para el funcionamiento de los piyama party.

En este caso el acuerdo entre los padres logró modificar la manera de considerar las fiestas, lo cual a su vez actuó sobre éstas. Las chicas aceptaron los cambios, lo que modificó su manera de comportarse: ya no se entendía como castigo el dormirse antes de la medianoche. La identidad social en cuanto miembro del grupo no se afectaba porque las conductas se ajustaban a otra representación. En mi caso, familia y grupo de pares comenzaron a armonizar porque nuestras valoraciones también armonizaron con el grupo de padres.

Ahora bien, internémonos en ese espacio de coexistencia donde tanto una relación como los partícipes se recrean. El construccionismo social sostiene que el conocimiento, o al menos un aspecto de él, deviene en la interacción, y que el significado es función de la relación. Porque las enunciaciones se significan en tanto se coordinan con otras en un proceso interaccional donde se producen, limitan y transforman dice Gergen (1994). ¿Pero qué ocurre cuando ese conocimiento y significados emergentes de la relación devienen en representaciones grupales que significan como adecuadas conductas no saludables?

Anteriormente hemos relacionado la divergencia de significados emergentes de la interacción entre dos grupos, y los referimos al concepto de representación social, en tanto media intercambios constitutivos de la identidad social. Ahora agregamos otra variable: hay comportamientos que son insalubres. ¿Qué pasa si una representación social dice que no lo son? ¿Qué ocurre si hay un mercado que los propone como gratificantes? ¿Cuál es el territorio de estas preguntas? ¿La persona individual?, ¿la familia?, ¿unidades sociales más amplias? ¿Qué efectos produce en los comportamientos? ¿Los reafirma?, ¿los cuestiona?

Nos parece que ante la amplitud de las preguntas es importante definir la unidad de análisis, porque mediará entre las respuestas y cualquier abordaje posible de los problemas planteados. Y también creemos que es significativo valorar representaciones que se imbrican con comportamientos insalubres, porque a partir de ellos se podrán definir contextos preventivos o terapéuticos. Por ejemplo, en ciertos casos de conductas adictivas la terapéutica consiste en extraer a la persona de su grupo de pares para incluirla en otro con una representación social diferente de sus comportamientos, de manera tal que pueda recrear aspectos de su identidad social, en tanto se trabaja con su familia en relación a otras, hilvanando una red donde el efectivo ejercicio de la parentalidad se sostenga en ciertos cuidados hacia el hijo. Pero si el abordaje fuera preventivo el trabajo es justamente con el grupo. En muchos casos de adicción al alcohol la unidad de abordaje terapéutico será la familia, en tanto que la prevención se extenderá al grupo. En los trastornos de alimentación el contexto terapéutico será individual y/o familiar en tanto el preventivo grupal y familiar. La moraleja es que el grupo de pares es punto de intersección para todo trabajo preventivo.

Es interesante ver cómo los problemas de la clínica marcan las fronteras de las teorías, y de qué manera la práctica terapéutica las interroga y abre dimensiones no consideradas. Berger y Luckmann (1968) escribieron que el individuo participa en la dialéctica de la sociedad aprehendiendo o interpretando un acontecimiento en cuanto expresa significado, o sea, en tanto es una manifestación de los procesos subjetivos de otros que, en consecuencia, se vuelven significativos para él. El concepto de individuo, que en algún momento parecía emerger aislado de todo contexto, hoy se refiere a una red de interacciones. Articuladas de distintas maneras y en distintos niveles, ya sea en términos de comunicación pragmática, de estructuras funcionales, de acoples entre unos y otros, las interacciones fueron referidas, en la práctica de la terapia familiar, al territorio de la familia. Ahora ésta se abre al flujo de los intercambios sociales, estamos construidos de la sociedad que construimos. Los abordajes se extienden entonces más allá del ámbito familiar y el trabajo en redes se constituye como una herramienta importante.

Pero volvamos al caso banal de nuestra anécdota, los piyama party y una niña de nueve años, el peso de su familia y el peso del grupo, dos modos de entender un hecho, distintos mecanismos de punición en tanto prime uno u otro contexto sociocognitivo, marcos desde donde se interpreta una situación social y distintos modos en que estas categorías legitiman conductas en tanto se integran a la identidad. Sin entrar en derivaciones que nos conducirían a la ética, limitándonos al campo de la salud nos preguntamos dónde referir instancias críticas ante contextos desde los cuales valoramos, articulamos, pensamos, sentimos . . . , en fin, construimos realidades.

¿Cómo distinguir esas instancias?, ¿cómo discriminarnos para observarlas?, ¿cómo fundar una crítica, y tomar una posición, y sostenerla? Nos preguntamos, amigo lector, estas cosas que nos introducen en el ámbito del quehacer terapéutico y preventivo. Y no tanto. Y mucho más.

Notas

(1) El Dr. Daniel Moreno es psiquiatra, supervisor acreditado de ASIBA (Asociación Sistémica de Buenos Aires), secretario científico de Perspectivas Sistémicas. De larga trayectoria profesional en el campo de la terapia familiar, ha publicado numerosos en publicaciones nacionales e internacionales

Este artículo fue publicado en el Nº 56 de Perspectivas Sistémicas, Mayo/ Junio 1999 ("Vínculos y Emociones"), junto a los siguientes artículos: "El Uso de la Inteligencia Emocional en la construcción de la psicoterapia" por Juan Linares y "La Familia Multiproblemática y el Modelo Sistémico" por Magdalena Rodríguez Martínez

Bibliografía

Berger, P., Luckmann, Th. (1968). La construcción social de la realidad. Buenmos Aires, Amorrortu.

Doise, W. (1986). "Les representations sociales, definition d´un concept" En W. Doise y A. Palmonari, L´etude des representations sociales. Paris, Delachaux et Niestlé, 1986.

Lorenzi Cioldi, F., y Doise, W. (|996). "Identidad social e identidad personal". En Bourmis, R., y Loyens, P., comp. Estereotipos, discriminación y relaciones entre grupos. Madrid. Mc. Graw Hill.

Gergen, K. (1994) Realities and relatinships. Cambridge and London, Harvard University Press.

(1996) Realidades y relaciones. Barcelona, Paidós.

Méndez, C., Caddoy, F., Maturana, H., (1988) "The bringing forth forth of pathology. An essay to be read aloud by two". Irish Journal of Psychology, 9 (1) 144-172.

Páez, D. (1995) "Los jóvenes y el consumo de alcohol. Un estudio sobre las representaciones sociales. En Morales, J., F., comp, Psicología Social. Madrid, Mc. Graw Hill.

Pérez, J. (1995). "La influencia social". En Morales, J., F., comp, Psicología Social. Madrid, Mc. Graw Hill.

Rebolloso, E. (1996). "Conducta colectiva". En Morales, J. F., comp, Perspectivas actuales en Psicología social. Madrid, Mc. Graw Hill.

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