Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

"El síndrome del Ángel"
Consideraciones acerca de la agresividad

Reynaldo Perrone

Prólogo de Carlos E. Sluzki

La violencia es una vieja compañera de nuestra especie –y de tantas otras–. Existe evidencia de violencia entre grupos paleolíticos, precursores del homo sapiens, que data de hace tres millones de años (Kelly, 2005). Para la evidencia más reciente no hacen falta excavaciones ni evaluaciones cronológicas basadas en carbón radiactivo: la podemos encontrar en los libros de historia tanto antigua como contemporánea, así como en los periódicos que a diario nos inundan con información acerca de actos de violencia cercanos y lejanos, masivos y en pequeña escala, feroces o triviales. La violencia, aun cuando habitual en nuestra especie, genera siempre interés y curiosidad a la vez morbosa y escandalizada –¡como si cada caso fuera una excepción!–, y se acompaña de una negociación y renegociación ética constante a nivel social y subjetivo, en nuestra conversación, en los escritos y en la cambiante letra de la ley que suele materializar, si bien con retardo, los consensos sociales que definen las fronteras de su aceptación o reprobación y control (con reverencias a Erwin Goffman y a Michel Foucault). La violencia parece haber cumplido, y cumple aun funciones adaptativas, en tanto responde a imperativos ligados a la supervivencia individual y genética, así como tiene efectos potencialmente demoledores en su destructividad no solo para las víctimas sino también, a la larga, para los perpetradores.

Antigua en su presencia y actual en su manifestación, merece preguntarse, ¿cuánto hay de natura y cuánto de nurtura en la expresión de la violencia… y de la no-violencia? Y ¿de cuántas maneras lidian natura y nurtura para llegar a algún acuerdo razonable dentro del estándar mínimo de "vivir y dejar vivir"? En este libro, Reynaldo Perrone delimita y bautiza de manera creativa uno de esos posibles acuerdos… así como algunas de sus consecuencias potencialmente desastrosas de ciertos ángeles (acerca de los cuales se extenderá Perrone) que, por ser ángeles in extremis o reactivos, acaban siendo expulsados del paraíso.

La experiencias emocionales con potencial de expresión en forma violenta –y las diversas maneras en que los seres humanos lidian con alarmas o frustraciones o celos o competiciones, la variedad de equilibrios psico-fisiológicos que modulan cuánto y cómo la gente vive las experiencias, y cómo las expresan, tergiversan o suprimen en el mundo relacional– están moduladas si no determinadas, como ocurre con los motores de todo comportamiento humano, por la confluencia de vertientes culturales, contextuales y genéticas.

Las variaciones culturales acerca de las fronteras de lo que se define como socialmente aceptable en términos de comportamientos violentos, y por lo tanto la presión social para actuarlos o suprimirlos, es enorme –compárese vivir en una sociedad con poca tensión económica donde se predican y dominan los principios de tolerancia y compasión con el prójimo, con el hecho de vivir en una con gran diferencia de estatus socioeconómico entre sus habitantes y en las que domina la narrativa del honor, el machismo y el autoritarismo–. Considérese también la alta frecuencia de victimización de mujeres en países guiados por leyes islámicas ortodoxas, o bien en las clases socioeconómicas más desfavorecidas de cualquier parte del mundo –una medida de qué es lo que se considera comportamiento violento social y legalmente justificado como aceptable o inaceptable, "normal" o desviado y, en última instancia, qué comportamiento merece ser definido como "violento" y "agresivo". De hecho, la cultura –en sus múltiples expresiones que van desde los estilos de crianza y los cuentos para niños hasta los discursos de nuestros líderes y las veleidades de las telenovelas– nos provee de ideologías que nos permiten definir quién debe ser considerado perpetrador y quien merece la posición socialmente privilegiada de víctima.

Las variaciones de contexto pueden a su vez favorecer en diferentes momentos a una u otra de la gama completa de expresiones de la violencia –piénsese, como ejemplo, la tremenda confusión que engendra a la larga las reglas de juego social en el mundo de los soldados en plena guerra, donde la agresividad es selectivamente premiada o castigada, dependiendo de quién es el objeto de ella y en qué momento, y, complementariamente, la no violencia es apreciada o despreciada, dependiendo de la dirección del cañón de la ametralladora–. Otra variable de contexto, bien conocida por terapeutas y educadores, es, por cierto, el impacto en los niños de la violencia como lenguaje y comportamiento habitual en su familia de origen, una forma de "herencia de socialización" que, imbricándose con otras variables caracterológicas y contextuales (cf. Margolin y Gordis, 2000), contribuye a establecer en los niños los parámetros de la violencia no sólo estableciendo los límites apropiados de su expresión sino generando diferencias importantes en nuestra capacidad de reconocer y acceder a nuestras propias emociones así como de identificar los contextos que las disparan.

A su vez, los estudios acerca de los componentes genéticos de la violencia –tema que hasta hace pocos años distaba mucho de ser el favorito para quienes habitamos en el mundo psi–, mantienen un estatus controvertido en la polémica natura-nurtura. Esta controversia pierde peso cuando dejamos de lado la dudosa existencia de un "gene de la violencia" para entender en su lugar que lo que heredamos son proclividades en ciertos rasgos de personalidad y estilos cognitivos, cuya plasticidad se expresa en su sensibilidad a la influencia del medio familiar y extra-familiar de crianza (cf. Moffit, 2005). Con todo, merece subrayarse que en las fronteras de la investigación genómica se está acumulando un corpus sólido de investigaciones que permite especificar más minuciosamente la locación cromosómica de los componentes genéticos –es decir, de la ubicación y efecto biológico de las proclividades transmitidas por las instrucciones cromosómicas (Guo, 2008), cuya plasticidad les permite ser moduladas por el medio perinatal así como por las "herencias" culturales y de socialización de las que hablábamos más arriba.

Pasando de causa a efecto, los comportamientos violentos y, en términos generales, la agresividad, no solo son nocivos para la salud de quienes son víctimas de ellos sino que también para quienes las despliegan: la gente con rasgos estables de agresividad (especialmente quienes muestran lo que se ha dado en llamar hostilidad "cínica" o con tintes sociopáticos, es decir, con poca consideración para con los demás) tiene, estadísticamente hablando, mayor susceptibilidad a enfermar –no solo de enfermedad coronaria sino de una variedad de noxas– y mayor probabilidad de morir más jóvenes que sus contrapartes más pacíficos (Hardy y Smith, 1988; Miller, Smith, Turner et al., 1996). Explicaciones al respecto incluyen desde el efecto inmunológico negativo de la hiperactividad del eje hipófisis-tiroides-adrenal que caracteriza a la gente agresiva hasta el efecto de aversión de la violencia personal provocado en la red social personal. Y, en otra vertiente, una investigación reciente develó procesos cromosómicos que contribuyen a esa correlación: quienes presentan rasgos estables de hostilidad muestran telomeres ("tapones" de proteínas complejas ubicadas al final de la cadena de cada cromosoma, cuya función parece ser prevenir su desorganización y destrucción) más cortos que quienes poseen rasgos de carácter más pacífico (Brydon, 2011). Lo que nos lleva a preguntarnos: aquellos ángeles caracterológicos de los que nos hablará Perrone ¿viven más tiempo, o se consumen en la hoguera de su propia beatitud impertérrita?.

Otras preguntas intrigantes que subyacen a la exploración y la propuesta original que expone Perrone en este libro es si la sombra de la conducta violencia, ese comportarse que él bautizara ingeniosamente como "el Síndrome del Ángel", es el otro extremo de un parámetro de expresión (o experiencia) de violencia y hostilidad, o si no existe tal cosa como una secuencia lineal de ese rasgo –violentos y ángeles en extremos opuestos de un continuo– sino que lo que parece un continuo se ordena en una suerte de ouroburo (ese símbolo, sagrado en muchas culturas, de una serpiente o un dragón que, formando un círculo con su cuerpo, muerde su propia cola), en cuyo caso violentos y ángeles son más vecinos de lo que ellos (o los demás) creen.

Pero basta de prolegómenos. Reynaldo Perrone, querido amigo y experto en el tema al que ya contribuyó con escritos muy valiosos, nos ofrece una nueva guía para transitar por el laberinto de este tópico fascinante. Lo hace desplegando un estilo que, a diferencia del emperifollado académico, tiene la virtud de usar un lenguaje, diría, casi hablado, inductivo e íntimo, en el que nos invita a compartir su propia evolución conceptual así como su línea de razonamiento. Nos regala así no solo un recorrido sabio del complejo tema de la violencia sino que lo jalona con conceptos totalmente novedosos y enriquecedores que expanden ese campo del conocimiento, y lo aclaran.

Washington DC, 2012

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