Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

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La cultura del narcisismo

M. Selvini Palazzoli, S.Cirillo, M. Selvini y A.M. Sorrentino

(Fragmento)

Por eso, lo que escribía en los años de mis inicios como psicoterapeuta individual (cuando el 85% de las madres de mis pacientes eran amas de casa) - que era preciso que estas madres tuvieran también un trabajo externo que las hiciera menos frustradas, controladoras e intrusivas - se ha demostrado del todo equivocado. Hoy, en que el 81% de las madres trabaja, como hemos leído en esta encuesta y como se desprende de nuestra casuística de los últimos cuatro años, la anorexia - bulimia no ha diminuido en absoluto, sino que se extiende.

No sólo se extiende, sino que nos hallamos en la dificultad de encontrarnos frente a anoréxicas bulímicas muy distintas. Yo, que he tenido la suerte de poder estudiarlas durante un lapso de casi cincuenta años (en 1950 vi a mi primera anoréxica y la curé con el psicoanálisis), puedo decir con seguridad que las anoréxicas como las descritas por Hilde Bruch, para entendernos, del tipo de las permanentemente restrictivas, dependientes y pegadas a la madre, se han convertido en una exigua minoría.

Es probable que aquellas pacientes tuvieran como su madre un apego ansioso ambivalente, porque la tenían demasiado encima, opresiva y ansiosa. Las de hoy deberían haber tenido con su madre, en su mayoría, un apego ansioso esquivo, porque las madres estaban y no estaban debido al trabajo fuera de casa. Y pienso que precisamente gracias al sufrimiento de este tipo de apego han aprendido a defenderse con un desesperado lo hago sola, lo hago yo, desarrollando así un individualismo duro, o narcisista, que yo no encontraba casi nunca en mis pacientes cuando era psicoanalista en los años cincuenta y sesenta.

En la experiencia de nuestro equipo, cuanto más son las anoréxicas de este tipo, más difíciles son de tratar, precisamente porque les cuesta entrar en relación con el terapeuta.

Christopher Lasch, en su libro titulado La cultura del narcisismo, publicado en 1975 y reeditado en 1990 con un nuevo prefacio, sostiene que en esta cultura la obsesión dominante es vivir el presente. Vivir para sí mismos, no para los predecesores ni para los venideros (pág. 17). Estamos perdiendo rápidamente, dice, el sentimiento de la continuidad histórica, el sentimiento de pertenencia a una sucesión de generaciones que hunde sus raíces en el pasado y se proyecta en el futuro. Es la pérdida del sentido histórico, en particular la lenta disolución de cualquier interés serio por la posteridad (pág. 64). Estas condiciones han transformado también a la familia, que es, a su vez, un factor determinante de la estructura profunda de la personalidad. Una sociedad que teme no tener futuro no puede estar muy atenta a las necesidades de las nuevas generaciones, y el sentimiento siempre presente de discontinuidad histórica - el flagelo de nuestra sociedad - repercute sobre la familia con efectos particularmente devastadores. Los esfuerzos de los padres modernos porque sus hijos se sientan amados y deseados no consiguen esconder un distanciamiento de fondo, el de quien tiene muy poco que transmitir a la siguiente generación y ve, en todo caso, como prioritario su derecho a la realización personal. ¡El distanciamiento emocional, unido a los intento de convencer al niño de su posición de privilegio en el interior de la familia, constituyen una excelente base para empujarlo a modelar una personalidad narcisista!.

Pero volvamos a reflexionar sobre el rol materno. ¿Estas mujeres hipereficientes y superocupadas pueden convertirse en madres competentes?. Por supuesto que sí. Pero con el niño pequeño y sólo materialmente. Respetan con gran exactitud los horarios, las dosis y las salidas al aire libre. ¿Pero disfrutan de ello?. Lo dudo mucho. Aun cuando es innegable que la crianza de un niño pequeño (todavía más que la del lactante) es gravosa, física y psicológicamente. Sin embargo, para el niño pequeño la competencia materna debe enriquecerse con la capacidad empática: captar al vuelo sus disgustos y sus alegrías, intuir sus expectativas, sus ganas de jugar, bromear y reír. Esto era mucho más fácil en la familia numerosa patriarcal, donde una madre incompetente podía ser sustituida por otros, mientras que es mucho más difícil para la madre a menudo demasiado sola de la actual familia nuclear. ¿Y si todo es solamente un deber, cómo pueden transmitir estas mujeres a sus hijas el derecho de disfrutar, de jugar, de saborear y de bromear?.

¿Qué hacer entonces para encontrar un remedio, para prevenir este crecimiento de trágicos destinos?. Habría que inventar modalidades sociales nuevas, inspiradas éticamente, para obstaculizar la difusión de esa plaga que nos infecta a todos y que se llama individualismo duro. Ya es tiempo de moverse en esta dirección. Ya que las excesivas epidemias sociales de los adolescentes, las tóxicodependencias y la impresionante multiplicación de las diagnosis de borderline y de los casos de anorexias - bulimias, de depresiones y suicidios adolescentes testimonian trágicamente la urgencia de cambios que no reduzcan a la gente a encerrarse en una coraza. Para esta tarea estamos llamados, por supuesto, en primera línea, todos nosotros, los psicoterapeutas, de cualquier método y escuela como obligación moral, es más, como responsabilidad moral.

Este trabajo, obviamente, debe comenzar por nosotros mismos. Tampoco nosotros somos, desde luego, inmunes a la extensión del contagio narcisista.

Fragmento extraído del libro: Muchachas anoréxicas y bulímicas

M. Selvini Palazzoli, S. Cirillo, M. Selvini, A. M. Sorrentino (Ed. Paidos)

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