Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Perspectivas Sistémicas On Line

Es hora de hablar del duelo
Del dolor de la muerte al amor a la vida

Diana Liberman
219 páginas - Editorial Atlántida

PRÓLOGO

Diana Liberman nos propone que es hora de hablar del duelo. El libro sobre la muerte que se abre ante tus manos es un desafió para que tus manos inscriban un libro de vida. Diana propone un amoroso, valiente y necesario camino del dolor de la muerte al amor a la vida. Un camino que desde su ciencia terapéutica que despliega con saber profesional, abre espacios de conciencia espiritual en la que no solo comparte contigo como lector la inteligencia del conocimiento del ser social, sino lo que es tanto más valioso, comparte la sabiduría de hacernos humanos en el devenir del duelo. El duelo como experiencia de dolor que aun siendo tan negada, rechazada y no querida, no la hace menos relevante para que sea aceptada, integrada y aprendida como experiencia de humanidad que se articula en el límite entre la vida y la muerte donde siendo finitos, mortales, y concientes abrimos puentes culturales con lo trascendente.

El duelo se plantea desde una experiencia existencial de aquello que duele por la perdida que impone la muerte. Duelo del dolor que no puede cesar y que como una sombra siempre contigo estará. Un camino de aceptación en la que no se trata de la resignación sino una resignificación de que hacer con el dolor. Dolor que duele y que carga en la mochila de la vida sobre tus espaldas, un peso inimaginable con el que sentís en el primer instante que no vas a poder ya levantarte ni caminar. El duelo del dolor que pesa tanto, y que por ello todos aquellos que quieren compartir tu peso, te dan su pésame, su vocación de repartir el pesar, para alivianar, aligerar tu carga, tu imposibilidad de transitar. Solo aquel que tiene la experiencia del dolor sabe que el duelo es íntimo y propio, que es necesario el consuelo, pero que la mochila es de uno y que nadie carga con el peso ni el pesar de uno. Necesitamos del aliento, el amoroso apoyo, pero cada uno a su debido tiempo y por caminos que serán tan desconocidos como misteriosos, uno encontrara las fuerzas aun con la sombra del duelo que llevaremos siempre, para ponerse de pie y fortalecer los músculos del espíritu para cargar el peso del dolor y volver a la vida a caminar, por nosotros en el duelo y por ellos en la bendición de sus memorias por las que dedicamos nuestros mejores esfuerzos para continuar la marcha en la vida a pesar del pesar, con el dolor del duelo, pero fundamentalmente con el amor que no muere.

La muerte se presenta entonces como una experiencia de vida. En este valioso libro podemos recorrer de la cálida mano de Diana un camino para el encuentro con las sensaciones de dolor que desplegamos ante la perdida de seres queridos. Escuchamos también su amorosa voz que dice no solo aquello que viene de la sabiduría de las experiencias de vida de la práctica terapéutica, sino que enriquecido por el conocimiento científico de la academia hace una síntesis en lo que llamo sabiduría universal de la espiritualidad humana. El espíritu del ser humano, es la energía y la potencia que nos permite hacernos y devenir humanos en la construcción cultural y social de sentido. Las tradiciones y religiones han desarrollado en su contribución al acervo de la civilización humana, una rica simbología, rituales, contenidos y tradiciones que han acompañado por generaciones nuestra humanidad. Sin embargo, la muerte tan antigua como nuestra propia existencia humana que es mortal, no deja de ser una irrupción nueva y súbita frente al mundo que hemos construido, principalmente en occidente a partir de la artificialidad de nuestra representación lineal del tiempo y nuestra soberbia ilusión de soberanía del espacio. Sabemos de la muerte, pero al mismo tiempo la negamos. La muerte entonces sabida y negada simultáneamente siempre esta oculta y cuando se nos manifiesta irrumpe, brota, sacude, desarma, desorganiza la lógica y el sentido de un mundo que sin ser real, hemos construido como inmortal, un mundo en el que la muerte no tiene lugar, y por lo tanto su irreverente presencia genera la frustración, la bronca impotencia y rebelión de nuestra razón argumentando las preguntas mas intimas de sentido de la existencia frente a la que la muerte no solo mata al ser que parte, sino que nos mata la razón para toda respuesta y destroza el corazón sin reparación ni enmienda. En la propuesta de Diana Liberman el término resiliencia abre un abordaje hermenéutico y terapéutico para interpretar y guiar un camino hacia la recuperación emocional que no es otra que restituir la integridad espiritual de nuestra experiencia de ser humanos. La muerte es una experiencia de vida. Nos hace humanos en el limite tanto mortal de imponernos como verdad inexorable que lo mas preciado y querido, quienes amamos, parten sin razón destrozando el corazón, y sin justicia desintegrando la linealidad de la razón. Causa y efecto quedan fuera de la lógica en la que vida y muerte son una unidad indivisible, hermanadas en el origen mismo con la única certeza que en lo humano nos hacemos: finitos y mortales, venimos a este mundo y lo único certero es que de este mundo partimos. El paréntesis entre la eternidad de la que venimos y a la que nos dirigimos, es el tiempo otorgado como bendición que llamamos vida, pero que tiene inscripto, encriptado y no siempre decodificado el signo de la muerte que vamos desplegando simultáneamente cuando vivimos. Entendida de esta forma la muerte, ella estará integrada a la vida misma, y aun con nuestros ojos ciegos a su sombra siempre presente, la negaremos reiteradamente hasta que se haga presente con la contundencia de lo irreductible, entonces y solo entonces tendremos en nuestra vida experiencia de la muerte. Para transitar el duelo que la muerte impone, ninguna anticipación teórica disminuye el dolor, ni asegura un camino. No hay atajos, ni recetas, ni consejos sabios que no sean aquellos que ayuden a caminar con dolor en la sombras de la oscuridad del duelo hasta encontrar la luz que no cancela ni el dolor ni la muerte, sino que permite ver su sombra, e integrar en el recuerdo y en la construcción de la memoria aquello que nos hace humanos y al mismo tiempo tan finitos como eternos, el amor, con el que hemos amado y fuimos amados por aquello que lloramos, pero que sus existencias en ese amor que continua no se extinguen totalmente con sus cuerpos. El termino psicoanalítico de resiliencia, es en el trabajo espiritual equivalente a hacerse humano frente al dolor que la muerte impone, aceptando que frente al absurdo de la muerte no es la razón para entender el porque sino el corazón para afirmar el amor lo que nos permite responder existencialmente a la perdida con la trascendencia del ser que ya partió. Hay una parte de cada uno de nosotros que muere con los que parten como así también hay una parte de quienes parten que no muere ya que vive en nosotros. Este intercambio de existencias lo hace posible el amor y en este amor se construye la trascendencia. Quienes somos creyentes, le pedimos a Dios que nos ilumine en este camino, pero no es una tarea divina, sino humana, social, cultural, un dedicado trabajo espiritual para hacerlos eternos y transformar la maldición de la muerte como perdida en la bendición del amor construyendo sus memorias.

La recuperación que Diana Liberman propone cuando afirma que es hora de hablar del duelo, es aquella que afirma con valor y coraje, que hablar es poner en palabras aquello que aun sin ser nombrado totalmente nos permite estar comunicados, articulados, conectados en códigos compartidos y aun estando partidos por el dolor y la ausencia de palabra que diga el sentir, arriesgar la palabra como acto de reparación. Una reparación que no es restitución de la pérdida, sino reconstrucción de sentido frente al desconsuelo de la muerte. La perdida no es reparable, el consuelo no llega, y el sentido se ha perdido. La muerte desarraiga toda la existencia y por ello la muerte es una experiencia de vida. La transitan los sobrevivientes ya que quienes mueren entran al misterio de lo que sucede luego de la muerte y este campo del saber ya no es humano ni social, es de la soberanía ya no de lo que sabemos sino de aquello que creemos. así se nos pide frente a la muerte que no nos aferremos a los cuerpos, sino que afirmemos la raíz de nuestras creencias hasta que una suave y silenciosa paz vuelva a nuestro corazón. Pero para afrontar lo que sucede en la experiencia de lo real, las creencias, la cultura, lo social, las ciencias y la conciencia son recursos para reconstruir y reparar el sentido del vivir que la muerte también aparenta destruir. Es frente a la muerte que no solo se revela el absurdo del morir sino que pierde también sentido la vida. En la hermenéutica y la terapéutica que en el libro de Diana Liberman se propone, ni la muerte ni la vida tienen sentido, es nuestro desafió humano y existencial otorgarle sentido tanto a la vida como a la muerte.

La acción espiritual de reparación se recorre en los diferentes capítulos del libro presentándonos topologías y casos frente a los distintos tipos de duelo en diferentes circunstancias de muerte y como en cada una de ellas pueden desplegarse estrategias para abordar los tiempos sus duelos y las características especificas de cada uno de estos contextos. Se hace referencia también a los mitos del duelo y sus verdades latentes encontrándose en este punto una confluencia entre lo que las ciencias sociales han desarrollado en sus encuadres sistémicos como terapéutica y las tradiciones espirituales abordan desde sus tradiciones culturales. El entramado que abre el libro es un inicio, una apertura en el tiempo pro la cual muchos nos sentimos llamados a contribuir a una conversación multicultural e interdisciplinaria que nos convoca a diferentes abordajes de aquello que nos hace a todos humanos por el igual, el desafió de integrar la muerte a nuestras vidas y dar una respuesta de sentido trascendente. Es en este punto donde finalizo con mi presentación, ya que es en realidad donde debemos comenzar. Es hora de hablar del duelo. Frente a la experiencia de la muerte tenemos dos opciones, preguntarnos las razones y el porque, sabiendo desde el principio que aun cuando nuestras preguntas fueran contestadas nuestro dolor no cesaría, o bien en lugar de preguntar el porque trabajar el duelo para reparar de las preguntas sin respuestas a una respuesta sin pregunta. Responder a la muerte desde el amor que no muere y desde esta experiencia que nos hace definitivamente humanos. Es cierto con dolor de duelo aprendimos que ser humano es ser mortal, pero también en el duelo descubrimos que ser humanos es amar y ser amados, así se nos devela que la muerte no mata el amor. El amor es la experiencia humana que nos hace eternos viviendo ya no solo en un cuerpo sino en el alma de los demás, por amor venimos a este mundo, por amor aun cuando partamos de este mundo en quienes amamos nos podremos quedar.

Amor, nos hace tan humanos como divinos, nos otorga sentido inmortal.

Rabino Sergio Bergman

 

Duelo y resiliencia
Del dolor al desafío

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.

Antonio Machado,
Proverbios y Cantares

¿Existe una descripción acertada que aclare de qué se trata la "familia normal"? ¿Qué es la normalidad? ¿Bajo cuáles parámetros? La definición de normalidad y salud está socia lmente construida y recibe influencias de las evaluaciones clínicas y de los objetivos en función de los que se la evalúe. Desde esos parámetros la "normalidad" depende del ojo evaluador, con todos sus filtros objetivos y subjetivos. Hay dos mitos que atraviesan los tiempos: "las familias normales no tienen problemas" y "la familia tradicional es el único modelo sano posible".

Si tomamos el primero, según su premisa, los problemas son sintomáticos y surgen en las familias disfuncionales. Esta creencia complica hasta la patología a familias normales, comunes, perfectamente funcionales, que debieron asumir diferentes situaciones de estrés propias de la vida. Ni más. Ni menos. Las familias sin problemas no existen. Todas las familias tienen asuntos pendientes de resolución. El modo en que se asumen y se manejan hablará de su capacidad para afrontarlos, no de su normalidad o su disfuncionalidad. La diferencia entre una familia sana y otra con dificultades de funcionamiento no está dada por la falta de problemas sino, precisamente, por el abordaje que hacen de las situaciones que deben asumir.

Mantener vigente el segundo mito equivale a haberse quedado detenido en los conceptos de los años 50, cuando papá vuelve del trabajo y se sienta a leer el diario; mamá prepara la cena y los chicos juegan, en silencio, en el comedor. Negar las distintas formas familiares que surgieron a través de las décadas; negar los diferentes valores de cada modelo familiar; negar el cambio de roles dentro y fuera de la familia; negar los cambios económicos que muchas veces influyen directamente sobre los roles; negar todas estas condiciones es negar la complejidad de la vida contemporánea con sus distintas realidades.

Las familias que responden a formas variadas pueden ser muy saludables y exitosas. No es la forma lo que determina la salud del grupo sino los procesos que llevan a un funcionamiento sano y resiliente.

La resiliencia familiar se basa en la fortaleza y la habilidad para afrontar y recuperarse de las situaciones difíciles que ofrece la vida. La resiliencia impulsa a cambiar la mirada para encontrar nuevas alternativas, nuevas posibilidades, nuevos caminos. En lugar de ver a una familia destruida se propone comprender cuál es el desafío que está atravesando ese grupo. La resiliencia focaliza en el potencial de reparación y en la posibilidad de crecimiento a partir de la crisis; ofrece atravesar la adversidad y construir una nueva trama, que incluya la ausencia, y que permita la recuperación emocional de cada uno de los miembros y del grupo.

Los procesos que sirven al buen funcionamiento de una familia varían según los casos y dependen de las características de cada grupo, lo que incluye su contexto sociocultural, y los desafíos que la vida les proponga. Una familia implica la combinación de diferentes elementos culturales basados en las configuraciones únicas para cada caso. Factores étnicos, de clase social, religiosos, la estructura familiar, los roles de género, la orientación sexual influyen en el modo de abordar las crisis. Y cada grupo debe ser tratado en sus especiales particularidades. Cada familia comparte con otras ciertas características y, a la vez, presenta concretas diferencias. Por eso es tan importante tener una mirada integral, abierta, de cada situación en particular. Aquellos procesos que resultan muy útiles para un grupo no necesariamente ayudan a otro.

Las personas con características resilientes, adquiridas o con posibilidades de lograrlas, desarrollan habilidad para aprender de una experiencia traumática y hacer elecciones conscientes y positivas.

La resiliencia familiar, más que un ajuste inmediato a la crisis, involucra diferentes procesos interactivos: el acercamiento del grupo familiar a una situación amenazadora; la habilidad para manejar situaciones de transición o para elaborar estrategias que permitan enfrentarse con el estrés a corto, mediano y largo plazo. Se basa en sus convicciones acerca del potencial que tiene la familia para su propia recuperación; busca el apoyo interactivo; ayuda a construir nuevas, renovadas, habilidades; afianza el soporte y la confianza mutuos. Esto crea un buen clima, a pesar de la pérdida, y refuerza el convencimiento familiar acerca de su propia recuperación.

El enfoque resiliente ofrece un marco positivo y pragmático que guía las intervenciones para fortalecer a la familia mientras se resuelven los problemas. Y esta actitud además de reparar el presente alimenta las posibilidades futuras. Superada la crisis queda en el grupo el aprendizaje que permite asumir nuevas adaptaciones a otros desafíos que traiga la vida.

La misma situación de estrés puede ofrecer distintas vías de superación, todo depende del abordaje que haga la familia. La convicción profunda del enfoque de resiliencia familiar es que existen fuertes ventajas en trabajar cooperativamente para encontrar las soluciones a los problemas que se comparten.

La terapia familiar puede ser más efectiva si se identifican los procesos importantes para la resiliencia y se los pone a disposición del grupo para mejorar los esfuerzos propios de cada familia en función de su recuperación y crecimiento.

Trabajar con personas que atraviesan procesos de duelo implica, para el terapeuta, un desarrollo de creatividad, y también la necesidad de generar estrategias de afrontamiento en quienes consultan para promover nuevos modos de encarar el reto. Muchas veces a partir del dolor las personas crecen con intensidad y aprenden más de sí mismos, justamente, a lo largo de una crisis.

Diana Liberman es psicóloga (U.B.A., 1978). Psicoterapeuta Familiar de orientación Sistémica. Coordinadora de Grupos de Psicoterapia. Mediadora. Posgrado en Psicoanálisis en la Asociación Argentina de Psicoterapia para Graduados. Curso en Terapias Breves en el Mental Research Institute de Palo Alto, USA. Especialista en técnicas de recuperación del duelo. Fundadora del 1º Centro de Duelo. Docente de la Universidad de Belgrano en el Programa de Extensión Universitaria, Curso Introductorio a la Terapia del Duelo. Miembro de ADEC (Association for Death Educación and Counseling), Toronto Canadá, marzo 2001. Docente del Curso de Técnicas de Intervención en Duelo, Barcelona, España (octubre2002). Directora de Duelum, Centro de Recuperación Emocional de la Pérdida

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