Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Prólogo del Libro: "Todos Fracasos"

Siempre me causó sorpresa que me pidan un prólogo para un libro (tampoco escribí muchos, pero si algunos). Es como cuando un amigo te pide que seas su testigo de casamiento, o alguien te pide que seas el padrino de alguno de sus hijos. No te piden cualquier cosa. Te piden que, de alguna forma, seas parte, una especie de invitación a su intimidad pública. Un casamiento, un hijo, un libro. Hasta el día de hoy nadie me pidió unas palabras para cuando está sembrando su primer árbol, pero no dudo que la vida me cruzara a alguien que lo necesite.

También está en el aceptar esta invitación. A "ser parte" de lo que te pidan. Y uno tiene que responder a esa invitación con la importancia que se merece. También uno se pregunta ¿porque?, ¿porque se lo piden a uno, a mí? En el caso de "prologar" un casamiento o un bautismo, bueno, en esos casos está más o menos claro. Uno puede apelar siempre a familiares o amigos cercanos, incluso a una segunda línea de intimidad. Pero para un libro… a quien se lo pedís? A un Premio Nobel? Bue, lamento decir que no lo soy. Se lo pedís a un Colega?. Aclaro que fui poco a la Universidad y que fue una relación que duro poco, por lo tanto no llegue a ser colega de nadie con título. También, en el caso de este libro, uno se lo puede pedir a un paciente, pero no tuve y me parece que no tendré esa relación con el autor.

A esta altura cualquier lector ya se estará preguntando si el solo hecho de ser conocido públicamente basta para estar en el mismísimo comienzo de la obra y la respuesta vuelve a ser… no.

Decir que soy amigo del autor, de Serebrinsky, no sería justo, más conociendo lo que él entiende y profesa para con la gente que es amiga. Podría decir lo conozco por que compartimos, de diferentes maneras, a una misma mujer. Que conozco a su familia, incluso a su madre presente en un gran momento del libro llamado "Berta, La Kucher". Conocí antes a su hermano cuando era cantante en una banda casi de rock y lo desconocí un poco cuando muchos años después me entere que era, justamente su hermano. Pero si, de alguna forma lo conozco bien

Horacio, perdón, el Dr. Serebrinsky, si me lo pongo a pensar, es casi totalmente opuesto a mí, y me debería dar bronca. Más si leen entero este libro. Por que acá se encontraran, más allá del engañoso título, con una gran introducción de quien es él. Nos presentara en distintos capítulos a sus hijas, a su esposa, a su padre, a sus hermanos y, sobre todo a sus amigos, que de una u otra manera se las arregló para demostrarle cariño parejo a todos los mencionados.

Cada cuento, cada apartado, cada foto de estas hojas lo describe y ahí es donde uno descubre por encima de todo a un gran tipo. A alguien que se detuvo a escuchar y a asombrarse de acciones o problemas ajenos.

No soy un amante de la conversación, del tener que decirse cosas por más fuertes que sean. No hay dudas de que es liberador para el humano y que, temo admitirlo, hace crecer las relaciones. Pero al leer cada página que precede a este prólogo, me hace sentir un poco deseoso de ser parte de lo que se cuenta. Y ahí encuentro a alguien que siempre vivió, como dirá el al comienzo, relatando cuentos. Contando y siendo parte de historias. Algunas graciosas como llegar a demostrar que Alma y Culo pueden llegar a ser lo mismo y otras un poco más triste como ser de Racing (necesitaba decirlo).

Toda frase describe un mundo cálido, en donde el afecto está presente. Incluso el fútbol es mirado desde la pasión, la profesión y la relación con la gente.

No sé para quien pensó este libro. Si es para los pacientes, no se preocupe, no da muchos datos como para que lo ubiquen, relájese y no llame a su abogado. Si es para los amigos, creo que se garantizó una gran venta, porque muchos están presentes y se que se encargó de cosechar muchísimos en su derrotero por la vida. Si el que se compró el libro o se lo regalaron es psicólogo o algo parecido, se verá representado un muchas historias y hasta coincidirá que el sentido común muchas veces es mejor que lo aprendido en los libros. Hasta incluso una buena patada dada a tiempo.

Pero estoy seguro que todos, incluyéndome, encontrarán a un buen tipo, inquieto y curioso que encontró, supongo que con mucho trabajo, ver y vivir involucrándose con sentimientos verdaderos y que en una pequeña parte, están volcados en cada relato.

Y si así no lo ven hagan como el loco del Borda que alguna vez supo decirle, con total razón: " ¿Y la imaginación, Doctor?".

Mario Pergolini
Verano del 2011

 

 

EL FÚTBOL TERAPÉUTICO (*)

Por el Dr. Horacio Serebrinsky

Mi relación con Claudio tiene más o menos unos veinte años. Trabajé en su revista (**), la más importante y prestigiosa del mundo sistémico en la Argentina, y compartí seminarios, encuentros, charlas y cenas. Claudio siempre me escuchó con cariño y respeto, siempre me avaló y me apoyó en mi actividad profesional. Un día le confesé que iba a jugar al fútbol con mis pacientes, que lo contaba poco ya que varias veces había sido criticado por hacerlo, así que él me pidió que le escribiera una carta contando lo que hacía y por qué lo hacía. Ahí va.

Mi querido amigo Claudio:

Te escribo esta carta movido por el doble impulso de la experiencia misma y de tu constante incentivo a la conversación. Después de muchas dudas acerca de las ventajas terapéuticas y de las propiedades del encuadre y otros debates que nos desvelan usualmente como terapeutas, me pregunté por qué no y me decidí a llevarlo a cabo. La cuestión era armar un partido de fútbol, simplemente, en mi vieja canchita, con mis queridos pacientes adolescentes y sus padres. Después de un ciclo de trabajo intenso me atreví a sugerirles que un sábado podíamos juntarnos, para despedir el año, a jugar un partido. Enseguida empezaron las bromas: "Vos debés ser un maleta", "Un hincha de Racing no le puede ganar a nadie"; a poco tiempo me desafiaban: "Me parece que te achicaste". El tema de la conversación pasó a ser el puesto de juego de cada uno, a qué hora iba a ser el encuentro, qué zapatillas había que llevar, etc.

Al momento de la invitación, muchos padres me preguntaban para qué. Simplemente les dije que si les gustaba el fútbol y a sus hijos también, ése era un lugar diferente para empezar a encontrarse, un lugar donde no se iba a pensar tanto, donde se iba a jugar. Pero principalmente fueron las ganas de los chicos las que movieron a sus padres a venir. Por cierto que las madres y algunas hermanas no podían quedar afuera. Yo sé que el fútbol no admite tercer tiempo con mujeres, pero este caso sería distinto y ellas vendrían a tomar algo después del partido. Por mi parte tenía algo claro: yo no quería ser el referí, yo quería jugar y si era posible del lado de los chicos. Y como yo organizaba el partido…

La gente, cuando llegó a la cancha, entró con otra cara, no eran los mismos pacientes, los ojos estaban brillosos, pero no de la marihuana, estaban brillosos de la pasión que da le fútbol, de la picardía… Y nos mirábamos de una manera diferente, como en el boxeo, en el primer round, estudiándonos y preguntándonos: "¿Este será un tronco o no?". Y la pelota, por supuesto: si pica o no pica, si esta muy inflada, y sobre todo las infaltables opiniones de los expertos, y todo en medio de ese clima especial que empieza a gestarse en el vestuario.

Había que formar los equipos y empezaron las negociaciones, a ver quién juega en cada puesto. En el equipo de los chicos habían dos arqueros, uno con más experiencia, pero el otro siempre tuvo dificultades para expresar sus deseos. A fuerza de ganas, se fue comprando al equipo. Otro pibe que siempre jugó de 4, pero le gustaba jugar de 5, quiso probar suerte. Entro los padres, uno de ellos muy gordo, desapercibido en las sesiones a pesar de su figura, se hizo cargo del equipo y empezó a distribuir a los jugadores y a dar órdenes.

Ya en la cancha ciertas cosas estuvieron claras: los límites eran precisos, los de enfrente eran los adversarios, pero no los enemigos que a veces uno ve en el consultorio. Las reglas eran las del fútbol y la autoridad, el referí. Apenas comenzó a rodar la pelota nos dimos cuenta quién la movía y quién era un tronco en serio. Empezaron ganando "los veteranos" y empezaron las cargadas. Nunca faltan las discusiones, las quejas y los jugadores que no sabían en medio de la pelea si estar del lado de su equipo o de su familia.

Mientras íbamos perdiendo se suscitaron las discusiones típicas dentro del equipo "tu puesto es tal, vos tenés que marcar a aquel, nos tenés que salir, o quedarte, etc…". Pero Juancito, "El Rata", flaquito y chupado como él sólo, el más tronco de todos, después de un tiro libre, metió un tiro impresionante e hizo un golazo. Su festejo despertó al equipo que termino ganando.

Lo más lindo de todo fue el final, ciertamente. Estuvieron por supuesto las bromas: "¿Cuándo vamos a jugar con un equipo serio y no con jubilados?" "¿Nos ganaron porque corren, ya van a ver cuando entrenemos". Pero mucho más fuerte fue el saludo, el beso y el abrazo. Tanto tiempo trabajando en el consultorio para que se acercaran, y acá, casi sin darnos cuenta, todo resultaba más fácil.

Quizás te preguntes cómo me tomo el atrevimiento de contarte estas cosas, acaso irrelevantes. En parte es culpa tuya y de esta pasión que nos une. Pero confieso que no dejo de hacerme ciertas preguntas: ¿Por qué nos aferramos a los lugares conocidos si sabemos de los efectos del cambio de contexto? ¿Qué seguridad encontramos entre las paredes de nuestros consultorios?

El escenario (en este caso el fútbol, pero podría tratarse de otra cosa), da lugar a la incorporación de los miembros del equipo, que se integran, superan al individuo y se transforman en un equipo operativo, un sistema abierto. No hay confusión de roles y comienza, entonces, un objetivo, la posibilidad de ganar, la obtención de la magia, la pasión del encuentro.

El agobio de ser un personaje estereotipado como forma de pertenecer a una familia se transforma a través del juego, a través del movimiento de la pelota que circula. Pelota que hay que pelear para conseguir, y una vez ganada, decidir a quien se la pasa, o simplemente colocar en el "rincón de las ánimas" y gritar "GOL", gol… que es como un orgasmo futbolero, al decir de Pichón Rivière, ese grito con el que "El Rata" nos hizo unir y festejar.

Claro, a esto hay que agregarle, dos cosas importantísimas: jugar así era la mejor forma de ganar siempre, y nunca me faltaba uno para completar los equipos.

(*) Cuento del Libro « Todos Fracasos »

(**) El Lic. Claudio Des Champs dirigió y editó Perspectivas Sistémicas

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