Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

Artículos "on line"

"Con mi familia, todo mal"

por Rosina Crispo y Diana Guelar

(Fragmentos)


Las muy sonrientes Lics. D. Guelar y R. Crispo
durante la presentación del libro (Libreria "El Ateneo", Diciembre de 2003).

"Siento que a veces mis padres quieren obligarme a hacer, sentir y decir las cosas de la manera que les gustaría. Por un tiempo yo sé que va a haber cosas en las que no estén de acuerdo. Quizás yo misma en un tiempo diga, o no, que ellos tenían razón y lo empiece a hacer de otra manera. Ahora trato de ser fiel a mi misma. Incluso los sentimientos que yo misma rechazo de mi, trato de no negarlos para saber qué son, qué significan, de dónde vienen y adónde van". (Juana, 19 años)

Llegaste a la adolescencia y te sientes diferente: tu cuerpo es otro, tus sentimientos son otros, tu manera de pensar es otra. Y como es natural, deseas que los demás noten estos cambios y se comporten tomándolos en cuenta y respetándolos. Desde que ingresaste a la adolescencia, ¿cuántas veces has tenido que decir "no te metas"? Es que tus cambios también están obligando a todos los que te rodean a re-conocerte, es decir, a "conocerte otra vez".

Disfrutas de estar solo y de estar con tus amigos de una manera diferente; ya no esperas que tus padres organicen salidas divertidas sino que las arreglas tú mismo; la relación con tus docentes es diferente; los temas de conversación y las preocupaciones que compartes con tus amigos cambiaron (incluso hasta puede haber ocurrido que hayas cambiado de amigos); observas tu cuerpo y te preocupas por él de una manera nueva. Todos estos cambios que a ti te sorprenden y llaman tu atención, también sorprenden a los que te rodean, especialmente a los que están más cerca como tus padres y hermanos. Por eso se dice que la adolescencia es una revolución que involucra a toda la familia, no sólo a ti.

Y toda esta "movida" suele darse en simultáneo con un momento de la vida de tus padres también bastante especial; se lo suele llamar la "crisis de la mediana edad". Tienen entre 40 y 50 años y están haciendo una especie de "balance de su vida": cómo les fue laboralmente, qué tipo de familia tienen, qué pareja han construido (o no), qué relación establecieron con sus hijos; deben empezar a pensar cómo relacionarse con sus propios padres (tus abuelos), quienes tal vez estén padeciendo enfermedades o trastornos propios de la edad, o incluso partiendo ya de esta vida. En un momento en que tú estás muy ocupado contigo mismo (¡y es muy bueno que así sea!), de pronto puedes perder de vista que "los grandes" no tienen necesariamente "todo resuelto".

Entre todas esas cosas, a veces es difícil para tus padres aceptar que ya no eres "su" nene o nena, que empiezas a ensayar tus primeros gestos de independencia, en suma, que "comienzas" una vida propia, llena de posibilidades, donde ellos ya no son el centro de tu atención ni la única opinión que escuchas. Tu rebeldía, las peleas y tus juicios acerca de ellos pueden ser momentos verdaderamente dolorosos para tus padres (aunque creas que les resulta indiferentes) y también para ti.

Así como sabes que entre los jóvenes existen reacciones diferentes frente a situaciones similares, también ocurre que no todos los padres son iguales y, en consecuencia, desarrollan diversas maneras de comportarse frente a los cambios que se operan en sus hijos adolescentes. Veamos algunos casos.

Algunos padres "se ponen nerviosos" cuando ven que sus hijos son capaces de hacer o lograr cosas que ellos mismos no pudieron, como ir a la universidad o alcanzar rápidamente cierto reconocimiento profesional. Otros quieren que sus hijos hagan exactamente lo mismo que hicieron ellos porque piensan que el resultado fue satisfactorio, por ejemplo, mudarse solos a determinada edad. También están los padres que sueñan con que sus hijos hagan aquello que ellos hubieran deseado hacer y no hicieron, y entonces los presionan para que tomen un cierto rumbo o decisión sin contemplar las ganas o el interés de sus hijos. ¿Para qué te contamos todo esto? Para que comprendas tú también que tus propios padres no tienen "todo claro" ni todas las respuestas para este hijo que se encamina hacia la edad adulta.

"Para cuando terminé el colegio, ya había decidido estudiar Diseño de Interiores. Es una carrera corta y no tradicional: exactamente lo que yo buscaba. Cuando le dije a papá, me miró con ternura, me felicitó y prometió ayudarme. Y después agregó: ‘¿Y cuando termines, qué estudios universitarios piensas seguir?’. Escuchar eso y que me dijera que mi vocación no valía nada, para mí, era lo mismo." (Mariana, 19 años)

Es verdad: no siempre el amor de tus padres los mantendrá alejados de hacer o decir cosas que no son las que más te ayudan a transitar tu adolescencia. Pero es importante que recuerdes que, más allá de los conflictos y las tensiones, seguramente ellos podrán aprender (también) a brindarte la comprensión y el aliento que necesitas.

 

Cómo enfrentar esta etapa con madurez

Si, en vez de eternizarte en un trono que ya no es sinónimo de veneración sino de lejanía, abandonas ese lugar y accedes a mostrarte frente a tu hijo tal como te encuentras en este momento, estarás facilitándole enormemente las cosa a tu hijo adolescente.

Reconociéndote como un ser humano falible, capaz de reconocer sus errores y de intentar enmendarlos, pero con un enorme amor hacia a tu hijo que te lleva a buscar permanentemente recursos para apoyarlo en todo momento, no lo hará sentirse inseguro –tal como podría ocurrir durante la infancia- sino confiado, contenido, apoyado por una madre y/o un padre que no tendrán mágicos superpoderes para hacer que siempre la realidad se ajuste a sus necesidades, pero se ocupa de buscar la manera de acompañarlo y apoyarlo en este proceso. Es decir, una mamá y un papá que pueden seguir conteniéndolo, aunque de un modo diferente al que lo hicieron durante la infancia.

También podría ocurrir que, por otras parte, la capacidad y los logros crecientes de tu hijo te obligaran a enfrentarte con tus propias capacidades y a evaluar tus logros y tus frustraciones. En este balance, en esta rendición de cuentas ante ti mismo, tu hijo podría aparecer como testigo y hasta como juez implacable de lo realizado.

Puede ocurrirte que se den situaciones en las que temes que tu hijo empiece a incursionar en territorios que tú no conociste como, por ejemplo, la universidad. Tal vez desees que tu hijo haga lo que tú no hiciste y lo presiones sin tener consciencia de que estás haciéndolo, con pedidos del tipo: Cumple mis sueños porque yo no pude. Tuve que trabajar y no pude ir a la universidad.

En cualquier caso, sólo si logras identificarte con la fuerza creativa de tu hijo podrás comprenderlo y recuperar dentro de ti tu propia adolescencia, para acompañarlo en ese salto al vacío que implica este momento de la vida, sin imponer, sin cerrar, sin someter, sin abandonar ni desentenderte.

Y aprender a cuidar de tu hijo sin estar detrás de él (Subt.)

"Necesito saber que ellos también están fijándose en lo que hago, pero quiero que me dejen probar. Quiero que estén detrás de mí de alguna manera, para no permitir que me equivoque." (Erika, 17 años)

El adolescente vive en constante ambivalencia entre el impulso de desprenderse de los padres y la tendencia a permanecer ligado. Exige y necesita vigilancia y dependencia, pero sin transición surge en él un rechazo al contacto con los padres y la necesidad de huir de ellos. Sin embargo, para animarse a crecer y a cambiar, tu hijo debe contar con tu apoyo y el todos los que lo rodean.

Déjame en paz, no me persigas. ¿Por qué no confías en mí? y A mis padres no les importa nada de lo que me pasa, son frases que pueden ser pronunciadas por el mismo joven con diferencia de horas. Más allá de la contradicción íntima respecto de lo que el adolescente de sus padres, puede haber también en ti, como padre, respuestas también contradictorias o ambivalentes que complican la relación.

Algunos padres rechazan el distanciamiento que naturalmente ocurre en esta edad y no aceptan perder el rol protagónico que ocuparon durante la infancia de su hijo. Suelen sentir temor de que los hijos se independicen, ya que les resulta más sencillo manejar a un niño pequeño. Se acostumbraron a decidir por ellos, a sobreprotegerlos y no saben cómo moverse de ese lugar.

Otros padres, en cambio, propician el distanciamiento pero sin que medie un proceso natural. Las transformaciones que sufre el adolescente, tanto físicas como emocionales, generan en estos padres sentimientos de rechazo que intentan paliar otorgándoles a los chicos una libertad tan excesiva que termina por convertirse en desprotección. Los adolescentes, que todavía necesitan depender de ellos aunque reclamen a gritos su autonomía, viven este exceso de "permiso" como abandono.

Es posible y hasta comprensible que, confundido respecto de cuál es ante cada situación la mejor manera de actuar para ayudar a tu hijo, tú mismo adoptes alguna de las dos posiciones extremas anteriormente descriptas o, incluso, las dos, como respuesta inmediata a sus contradicciones. ¿Hay otras opciones para darle al adolescente tanto la libertad como el cuidado que necesita, sin controlar su vida ni desentenderse de él?

 

¿Qué es la "autonomía vigilada"?

Para apoyar a tu hijo en este proceso, es importante que encuentres alternativas que combinen lo bueno de cada una de las posiciones anteriormente mencionadas: estimulando el desarrollo de la paciencia, la inteligencia, la confianza en sí mismo, siendo tolerante con él y, al mismo tiempo, actuando con firmeza y autoridad cuando llega el momento de marcar el límite requerido.

Tal vez nuevamente pienses al leer estas líneas que una cosa es decirlo y otra muy diferente es hacerlo. Y nuevamente estarás en lo cierto: la instrumentación de las pautas con que das o restringes la libertad requerirá siempre de una constante búsqueda de nuevas estrategias de tu parte.

La idea es permitirle experimentar y ensayar a fin de que desarrolle sus propias capacidades para resolver problemas sabiendo que está siendo cuidado por ti, y que si bien no vas a coartarlo, tampoco lo dejarás ir más allá del límite en cada situación. Vale decir: si acuerdas con tu hijo que va a salir y va a regresar a una hora estipulada y que, en caso de que por una razón válida no pudiese hacerlo, llamará por teléfono para tranquilizarte, es importante que también quede perfectamente claro que el hecho de que él no cumpla con el acuerdo generará consecuencias. Y que si esas consecuencias son restricciones respecto de futuras salidas u horarios, estas restricciones puedan ser sostenidas y no queden en el olvido.

Los límites claros enseñarán a tu hijo a ser responsable, a hacerse cargo de sus actos y a asumir sus consecuencias. Por eso es necesario que las restricciones o sanciones que establezcas sean posibles de ser aplicadas, para no terminar entrampados en castigos que finalmente no se cumplen y terminan invalidando los límites prefijados y, por ende, también tu acción de cuidado y protección.

 

Hasta aquí, apenas nos hemos introducido en los grandes cambios que la adolescencia de tu hijo supone enfrentar, no sólo para él, sino para toda la familia. En los capítulos siguientes, profundizaremos en estos temas y en las sugerencias respecto de cómo puedes acompañarlo y guiarlo en este proceso de crecimiento, favoreciendo el desarrollo de recursos propios que le permitan moverse con seguridad, libertad y responsabilidad en ese mundo nuevo que comienza a aparecer ante sus ojos, y que tantas ganas, temores y sentimientos encontrados puede generarle.

(*) Extraído del libro "Adolescencia, Guía para padres e hijos" , de las Licenciadas Rosina Crispo y Diana Guelar, psicólogas, directoras del Centro para adolescentes La Casita (Editorial Gedisa)

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