Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

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Juan Carlos Blumberg, un padre

por Sergio Sinay

Desde la Virgen María hasta las Madres de Plaza de Mayo, el arte, la Historia, la mitología nos han familiarizado con el dolor materno, con un contacto visceral, trascendente de la mujer con el sufrimiento de su hijo. La Madre de Pushkin, la Madre Coraje de Brecht, las madres del tango y tantas otras nos han recordado una y otra vez la capacidad de sacrificio, la hondura de la entrega, la dimensión del valor que la maternidad provee a la mujer ante el martirio de quien es carne de su carne. En una cultura que nos alimentó con la creencia de que los hijos son un poco más de la madre que del padre, que nadie como ella puede entenderlos y confortarlos, intuir sus sentimientos, proveer sus necesidades emocionales, cobijarlos cuando ya no en el útero físico sí en el afectivo, en un ecosistema cultural de esas características, en fin, poco sabemos, poco nos hemos preguntado, poco hemos atendido y pocos hemos escuchado (desde hace mucho, demasiado) sobre el dolor paterno.

Ni una sola vez he podido ver y oír a Juan Carlos Blumberg sin que se me erizara la piel, se me acelerara el corazón y se me cerrara la garganta. Lo he conversado con otros hombres, otros padres, y con cierto pudor, con cierta sorpresa, con cierta sensación de quien despierta en un territorio que le es desconocido y, paradójicamente, propio, hemos compartido esa misma sensación. Había comenzado a percibir algo así a lo largo del último año, cada vez que veía al padre de Leyla Basher, la chica martirizada en Santiago del Estero. Algo había en la noble y dolorida rudeza de ese inmigrante palestino, algo muy claro acerca de su amor y de su sufrimiento que se expresaban de una manera conmovedora, en una media lengua que no necesitaba más para ser clara. Algo había, que ahora, con Juan Carlos Blumberg, termina de plasmarse.

Este hombre ultrajado y entero, este hombre en llagas y emocionalmente luminoso, este hombre tan frágil en su dolor y tan poderoso en su amor, ha bañado de un aura esplendorosa su condición de padre, ha hecho del amor hacia su hijo un llamado directo al alma de todos los padres. Y digo padres: padres varones. Cuando dice "Axel ya no está", y aún así sigue trazando su huella, con firmeza, con padecimiento, con certeza, con tristeza, con amor, Juan Carlos Blumberg nos recuerda algo que a veces los hombres olvidamos, o sobre lo que una compleja trama cultural nos hace dudar: que la paternidad es para siempre, que es un camino de ida, sólo de ida, en la alegría y en el dolor, en la esperanza y en la incertidumbre, en la presencia física y también en la ausencia.

Un padre es mucho más que un proveedor de simiente, de apellido y de suministros materiales. Un padre es mucho más que un asistente en la crianza de los hijos, un padre es mucho más que un partenaire, ya sea en la alegría o en el mayor de los dolores. No sé cómo fue el vínculo entre Juan Carlos Blumberg y Axel mientras el hijo estuvo físicamente vivo. Pero puedo y quiero imaginarlo. E imagino a un padre-faro. Un referente, un guía que alienta sin sofocar, que protege en el mismo acto en el que libera, que incita al hijo a incursionar en el mundo, a explorarlo, al tiempo que le recuerda dónde encontrará un refugio si lo necesita. Un padre que transmite valores con sus actos, no con discursos. Un padre presente, no porque ocupa un lugar físico en el espacio familiar cotidiano, sino porque construye un puente, con su propio diseño, entre su corazón y el de su hijo. Me atrevo a imaginar que Axel tuvo un padre así porque hoy lo sigue teniendo. Un padre no lleva a su hijo en su vientre, y no necesita llevarlo –si se autoriza a sí mismo como padre- para saber que ese hijo es carne de su carne y sangre de su sangre. Para siempre, más allá de las formas físicas y biológicas del vínculo. Juan Carlos Blumberg es hoy padre, sigue siendo el padre de su hijo y hace por ese hijo lo que su corazón, su intuición, sus entrañas de padre le indican.

Alguna vez, en épocas aún más oscuras que ésta, a los padres y a las madres nos preguntaban: "¿sabe dónde está su hijo?" Una pregunta falaz, insidiosa, pérfida que ponía bajor sospecha nuestro vínculo y nuestra probidad y condición de padres. Juan Carlos Blumberg sin quererlo, sin saberlo (o acaso sí) responde a otra pregunta, distinta, amorosa, trascendente: ¿qué puedo hacer hoy por mi hijo? Destaco la palabra hoy, porque al mismo tiempo que dice "Axel ya no está", Juan Carlos Blumberg, con sus actos, afirma que Axel está, que es hoy y será siempre su hijo, y que hoy y siempre el podrá seguir actuando y sintiéndose como su padre. Juan Carlos Blumberg, padre presente, ha encontrado en su paternidad martirizada la voluntad de sentido para su vida.

A nosotros, los padres varones, Juan Carlos Blumberg nos ha recordado que nuestro lugar es intransferible, es indelegable, es irremplazable, es necesario, no necesita ser autorizado por nadie. Requiere de conciencia, de voluntad y de amor. Ojalá vivamos un día en un mundo en el que esto no necesite ser recordado, y mucho menos a partir del horror, y en el que la paternidad sea celebrada por padres, madres e hijos en cotidianas ceremonias de amor. En una sociedad como la que hoy integramos, que necesita del padre acaso como nunca, Juan Carlos Blumberg es una fecunda fuente de paternidad. Como varón, se lo agradezco.

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