Perspectivas Sistémicas
LA NUEVA COMUNICACION

EL ARTE DE AYUDAR
Su luz y su sombra

Claudia Casanovas y Felisa Chalcoff

PRÓLOGO

A lo largo de nuestra vida, hemos comprobado que aquello que más contribuyó con nuestro crecim iento interior y más nos abrió caminos para expresar nuestro ser-en-el-mundo ha sido el acto de ayudar, en uno o en el otro lugar de la relación de ayuda, dándola o recibiéndola.

La ayuda atraviesa toda nuestra existencia, como cuando tomamos el conocimiento que nos transmite una persona más sabia, cuando nos lanzamos para sostener a un anciano que resbala en la calle o cuando seguimos con ternura, y sin interferir, a un niño que da sus primeros pasos.

Estas páginas tratan del arte de ayudar, su luz y su sombra. Aspiramos a una manera de ayudar que nos conduzca al reencuentro con nuestra simplicidad esencial; que al brindar ayuda, ésta fluya con naturalidad, sin pretensiones; y cuyo último componente, irreducible, sea el amor y el consecuente deseo de aliviar el sufrimiento de otro ser humano, de una planta, de nuestro corazón.

La amistad y el arte de ayudar

Nos conocimos en el año 1979, en una clase de movimiento de Río Abierto, cuando teníamos 28 y 35 años, una de nosotras graduada en Bellas Artes, la otra Licenciada en Psicología. Empezó allí una amistad que nunca se interrumpió, a pesar de que sólo durante cuatro años vivimos cerca y muy unidas. Luego nos separó la vida y el océano: una se fue a vivir a Italia y la otra se quedó en Argentina.

Esos poquitos años de convivencia diaria fueron muy importantes, para nuestra amistad y para nuestro crecimiento. Habíamos entrado en un mundo nuevo, un mundo de trabajo con el cuerpo como puerta de contacto con los niveles emocionales y espirituales; se había abierto ante nosotras el mundo de la ciencia oculta.

En aquel tiempo encontramos y estudiamos grandes líneas de desarrollo espiritual como la teosofía, las enseñanzas de Gurdjieff, el cristianismo esotérico, el misticismo oriental, la sabiduría de los sufíes, el budismo zen, sobre lo que conversábamos horas y horas. Tuvimos la suerte de tener mucho tiempo libre para compartir y entrar de lleno en ese camino.

Éramos muy distintas, desde nuestros orígenes: una de nosotras de familia judía, de bajos recursos, con el estudio y la ética como valores fundamentales, y la otra, de familia católica, de terratenientes venidos a menos, con el amor y la estética como ideales de vida. Las diferencias de forma nos enriquecieron y la afinidad de fondo consolidó nuestra amistad: las dos teníamos en común la honestidad de nuestros padres y una sed enorme de encontrar la Verdad.

Creemos que eso es lo que nos unió y nos une aún. En esa búsqueda nos abrimos la una a la otra, confesando lo inconfesable, compartiendo desde lo más bajo hasta lo más sublime, y también la vida cotidiana, los dolores y gozos de nuestras respectivas parejas, ilusiones y desilusiones, abandonos, encuentros y desencuentros.

Atravesamos momentos muy difíciles en nuestra amistad, situaciones límite, donde todo indicaba que se había atravesado una barrera de la cual no se podía volver atrás; y, sin embargo, volvimos siempre a recuperar y tejer nuestra relación con nueva confianza y honestidad.

Eso permitió que, a pesar de estar separadas en el plano físico, la relación continuara por casetes, cartas y encuentros esporádicos. Luego, vinieron los emails, el chat y las llamadas telefónicas. El hecho es que tuvimos la voluntad de seguir juntas como amigas y eso sucedió. O eso sucedió y creemos que fue nuestra voluntad personal la que lo hizo suceder.

Pasaron así veintiséis años y hoy estamos aquí escribiendo juntas este texto, una en Argentina, la otra en Italia.

En estos años hemos continuado nuestra formación y acrecentado nuestra experiencia profesional y espiritual por caminos diferentes, hemos ampliado nuestra mirada, hemos desarrollado una manera personal de encarar el trabajo interno y con los otros. Y, sin embargo, siempre coincidimos en lo esencial. Al principio, nos sorprendía esta afinidad más allá del tiempo y del espacio y de los diferentes estudios, maestros, caminos. Luego, lo tomamos como natural: no había nada de qué sorprenderse.

¿Por qué hablamos de nuestra amistad aquí? ¿Qué relación tiene con el arte de ayudar que nos proponemos desplegar en las próximas páginas? En ellas hablaremos más de la ayuda profesional y de lo que hemos aprendido en los muchos años de trabajo con la gente, en grupos e individualmente. Pero hay algo de la vida personal y del haber aprendido a dar y recibir en una relación gratuita, movida por afinidad electiva, como es la amistad, que sirve de base a toda ayuda sucesiva.

Creemos que no podemos ayudar profesionalmente, o en situaciones de mayor desapego afectivo, si no aprendimos a ayudarnos entre pares, de manera desinteresada, por gusto, por amor a la ayuda misma, por el descubrimiento de que esta ayuda da sentido a las relaciones, y es lo más interesante, creativo, espiritual que podemos vivir. Amar el ayudar y el ser ayudado es algo que se desarrolla entre pares, entre amigos, desde niños, y que puede durar toda la vida.

Te invitamos, en este momento, a recordar a esos amigos de la infancia, de la adolescencia, que te acompañaron ayudándote mientras se ayudaban a sí mismos. Ese gusto esencial de estar juntos, de oír al otro y hacer propio el problema que el otro nos cuenta, de defender al amigo en cualquier momento, incluso, de manera ciega, es una base tierna para aprender el arte de amar y de acompañar al otro en los desafíos que la vida nos depara y nos seguirá deparando.

Deberíamos siempre honrar a aquellos amigos con los cuales nos iniciamos en este arte, sin saberlo, caminando a la par, aprendiendo juntos, errando juntos, acertando juntos. Ese interés sincero por el otro, esa alianza afectiva y ese gozo de relacionarse humanamente aun en la adversidad estarán presentes en todas las relaciones de ayuda que estableceremos en nuestra vida.

El dolor y el arte de ayudar

Hasta aquí, al hablar de la amistad y de las relaciones amorosas, mencionamos el lado agradable de la vida, el amor y la compañía; y lo citamos como una condición necesaria para aprender a ayudar con gozo y sin peso, sin vivirlo como un sacrificio doloroso. Sin embargo, hay otro factor que nos impulsa y motiva la vocación de ayudar: el sufrimiento.

Quien no ha sufrido, no puede ayudar al otro. Y como todos hemos sufrido, todos podríamos ayudar. Es nuestra experiencia de dolor la que nos hace resonar con el dolor ajeno. Aquí, en este trabajo, nos referiremos especialmente al sufrimiento en el nivel psicológico, emocional y mental.

Tuvimos que haber sufrido para poder comprender el sufrimiento del otro, pero haber sufrido no es suficiente. Tuvimos que haber sabido qué hacer con ese sufrimiento, para saber qué hacer, o no hacer, con el sufrimiento del otro.

Qué podemos hacer o debemos no hacer será parte del tema que desarrollaremos de manera práctica; como anticipo podemos decir que si hay algo que hacer con el sufrimiento es aceptarlo, comprenderlo, mirar su causa, sus efectos, su función, y trascenderlo. Nos acercamos, así, a la posición budista respecto del sufrimiento, que no desarrollaremos aquí pues todos los sermones del Buda lo hacen inmejorablemente; remitimos al lector a profundizar sobre el tema leyendo o estudiando esos textos sagrados.

Aceptar el sufrimiento como parte de la vida no nos es fácil, así como no nos es fácil aceptar el gozo que ella implica. En síntesis, ¡no nos es fácil aceptar! Cualquiera que desee comprender el arte de ayudar se enfrenta al desafío de aprender a aceptar, que no es resignarse, y comprender a fondo la diferencia. Aceptar es reconocer que la cosa es así, ver su realidad, su contundencia, sin juzgarla con parámetros de bien y mal. Y seguir adelante. Todos éstos serán temas que trataremos y que van creando la trama en la que puede florecer el arte de ayudar.

La idea de escribir este libro nació de un taller que nos habíamos propuesto co-coordinar y que por motivos varios no se realizó. Hasta ese momento, nos habíamos ayudado y aportado en nuestras respectivas vidas y trabajos; esa vez, nos propusimos trasmitir juntas nuestras comprensiones en un trabajo que denominamos "el arte de ayudar". La idea de plasmar nuestras elaboraciones por escrito nació gracias a aquel desencanto del taller fallido, que profundizó nuestro deseo de continuar la elaboración, ahora a la distancia.

Guía práctica para la lectura de este libro

El libro comienza con la presentación de nuestra concepción de la ayuda y va desarrollando los temas gradualmente, presentando también guías prácticas para la auto observación y nuestras reflexiones sobre cada tema. Por lo tanto, puede utilizarse justamente como taller, para lo cual te sugerimos tener un cuaderno en el que puedas ir escribiendo las observaciones que hagas. También es interesante hacer estos trabajos con un amigo, usarlo con tus "ayudados", grupos o con quien te parezca oportuno. Por supuesto que puede leerse como ensayo sobre el arte de ayudar o picotear los temas de interés. Si alguna o muchas de las cosas que decimos despierta tus resistencias o dudas, alternativas, resonancias, nos interesa mucho que nos hagas llegar tus reflexiones. Nuestra aspiración es que este trabajo sea una búsqueda y, como tal, no pretende conclusiones dogmáticas sino una apertura de visión.

Queremos hacer una aclaración: cuando hablamos de ejemplos personales, algunos son efectivamente de alguna de nosotras y otros son de nuestros pacientes, amigos, conocidos, que muy bien podrían haber sido vividos por cualquiera que deseara ayudar y estuviera aprendiendo a hacerlo, así como por nosotras; y, por eso, los hacemos propios.

Agradecimientos

Afortunadamente coincidimos en no hacer agradecimientos puntuales, porque reconocemos que la ayuda recibida vino de todas partes y de todos los tiempos. Sí va nuestra gratitud a todos los dolores y todos los amores que nos nutrieron, a todas las enseñanzas que recibimos de todos los maestros con quienes trabajamos y estudiamos, de todos los colegas, alumnos, pacientes, padres, hijos, hermanos, amigos, de quienes aprendimos, y también a las muchas enseñanzas que nos llegaron sin saber bien de dónde ni cuándo.

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